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Todas las noches, exactamente a las 2 a. m., el gato salía de la habitación y comenzaba a llorar. Cada día, a las 2 a. m., subía al techo, lloraba alrededor de 15 minutos y luego regresaba de nuevo a la cama, a su costado. Había pasado un mes desde que Adela murió, y un mes en que el gato, como si fuese un ritual, le llorara, justo a la hora en que su dueña partiera.

Una noche antes de que José muriera, el gato dejó de llorar y maullar. En vez de llorar, se acercó a su dueño de manera insistente y le lamió la mano con aparente ternura y respeto, como si tratara de decir algo, y luego se marchó. La muerte no se podía postergar.

Una hora antes de que José muriera, alguien tocó su puerta. El gato había muerto sin motivo aparente. José lloró a la 1 a. m. bajo las sábanas, y luego a las 2 a. m. frente al balcón, cada vez con más fuerza. Sabiendo que lo esperaban, 15 minutos después del llanto, siguiendo el ritual que hacía el gato, regresó a su habitación, se recostó en la cama y se entregó a la muerte.

Fotografía por Lorella Furleo Semeraro

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