13 diciembre, 2018

La vida es muy corta como para no entender que la vida es muy corta. Irse a dormir como responsabilidad perpetua. Hay que dormir, hay que dormir, porque la lengua se confunde con remo punzante aguijón, porque la mente se evapora, porque mañana hay que ser productivo. Mi contrato es estar vivo. Existir es el precio por el que pago con mi tiempo. Y sin embargo aquí estoy. Surcando con los buitres. La carroña que nos queda realidad después de la jornada. Somos yo, este blanco que se va tatuando y la música. Y hay momentos en los que somos uno mismo. Se va desvaneciendo la canción y así también se va mi alma desvaneciendo en la noche, en la nada. Nada… Soy mis propios sueños desechados arrastrándose hacia cualquier ventana buscando tenue luz, tenue luz ramificada entre sombras estructuras en abandono. El abandono en tanto abandono, mientras tecleo a oscuras. Alcánzame ya, cansancio, porque no puedo dejar de desvanecerme en el no estar aquí, en el allá, en el no sé dónde que desconozco tan familiar. Este poema es tan solo humo. Tan solo el graznido más débil que se lanza a la luna. En la pradera de los muertos hay una danza a la que me uno, hay una danza que a través del fuego la eternidad es la dama, danza que es simbología sacra porque es una nada transformada en instante. Estoy aquí, estoy aquí, en el tiempo que sea, en el lugar que sea, estoy aquí. Ya sea en el último letargo o en el primer respiro, ya sea que no, pero sí. Estoy viviendo una adaptación de mi mente a este mundo, esta época, este cuerpo, esta consciencia. Estoy dándole vida a la muerte con esta letra. A cambio no pido más que música. Qué importan las máquinas. Qué importan los poemas. Tengo incendiado el cerebro. Mi inteligencia es nula, porque sé que ya estoy muerto.