Yo no habito éste cuerpo

No lo sabía. Ni lo había siquiera considerado. Lo experimento tanto que ¿Quién más podría ser su dueño, su maestro, su esclavo? Tuvo que llegar otoño, el aburrimiento de montañas asoleadas, el calor seco de las carreteras del norte. Tuve que sentir vacíos en un cuerpo recurrentemente lleno. No fui yo, fue una extensión desagregada. Mi hermano, un yo que no es yo. Él que tiene mi voz, mi mirada iracunda cuando toma la caja de cereal abandonada en la alacena pensando que aún hay cereal en ella. Mi otra versión en la misma realidad, un desfase en el tiempo, a veces una sola coordenada nos separa.

Fui a buscarlo, lo rodeaba esa aura zen, ese silencio incómodo perpetuo de quienes conocen el significado del presente. «Es que no existe nada más, entiéndelo», eso que crees que recuerdas, lo recuerdas ahora. Voy a dejar de hablar en místico y te voy a hablar en ingeniero «Podrías ser una línea de código que se atascó en el programa, un loop que se materializa una y otra vez en este instante, creyendo que recuerda, qué hubo pasado, cuando el presente y todo su futuro es la añoranza misma de aquello que nunca ha sido.

Unas cubas, limoncito (odio pedir limón con mi cuba y que el mesero olvide mi limón). En ese instante mi felicidad dependía de ese limón olvidado. Bueno ya, así me la voy tomando. Jovenaza, se ve que está camote, pero no olvide mi limón y amm servilletas por favor (y porque su propina ahora pende de un hilo, bueno solo de que haga su trabajo ¿no?). Ya con tres cubitas se me aflojan las piernitas. Me acuerdo de eso que leí de Paz, «Soy hombre, bla bla, bla”. Duramos nada y aquí estamos haciéndola de a pedo por los limones y al rato la mesera por los clientes mugrosos que no dejan propina.

Bueno wey, no te vayas a espantar. Cualquier cosa aquí ando. La cruda me hace sentir… como si no quisiera habitar este cuerpo. Como sí mis músculos y mis neuronas se rehusaran a albergarme. Pero va pasando la cruda, mira que cotorro es esto de tener las montañas en medio de la ciudad, te despiertas y miras verde, sí, pero pinche calor. Pero eso no le quita lo verde. El smog está cabrón. Está más cabrón vivir como sopa y oler sopes todo el tiempo.

Bueno wey no te vayas a espantar. Ok, ya estoy bien lucido, cámara. Cámara. Cierras los ojos, pones la grabación, piensas en las cubas, en el desierto, en que podrías subir el cerro de la silla y en lugar de despertar y ver verde, ver ciudad. Oyes una voz que no es tu voz. «Cierra los ojos, relájate» y todo eso. Como si fueras un autómata apagas tus piernas, apagas tus brazos, tu pecho, está chistoso, sigamos. Apagas tu cuello y finalmente tu cabeza. Dejaste el cuerpo, ese cuerpo respira. Toc, toc, nop, no estás ahí, estás muuuuy cerca, pero no estás ahí dentro.

Miedo, recuerdas tus no palabras «No te vayas a espantar» ok, sereno moreno, sigue así… bueno ya la neta pánico pasivo.

¿Dónde carajos estoy? ¿Por qué si ese cuerpo que clamaba mío, está ahí, tú no estás ahí? Te das cuenta que no habitas tu cuerpo, que eres otra cosa, llámenla como quieran, esencia, origen cósmico. Ahora estás lejos del cuerpo y cerca de todo lo demás. Una voz amenazante, quizás la voz de tu inteligencia te murmura ¿Qué importancia tiene que seas o dejes de ser? ¡Es una revelación! Estás frágilmente atado a un cuerpo por la respiración, por mero azar, sin embargo pertenecemos a algo infinitamente más grande. Luz y música de revelación: Estamos inscritos en el código maestro.

Fuuuuum, regresas, estás ahí de nuevo. No mames wey, no quería espantarme, pero ya no estaba aquí, andaba por todos lados. Lo vi, lo supe, no quería admitirlo, pero había consuelo en el viaje, en la visión, en saberlo. No importan las crudas, tampoco que pase el tiempo y que estos cuerpos nos traicionen, que se hagan viejos y éstas máquinas biológicas dejen de palpitar. Lo supe, lo sé, estamos enchufados a la totalidad del programa y como Paz lo escribió en este momento que me lees soy eterno.

Fotografía por Andrey Rachinskiy