“Qué bonitas chichis”, decía el “maestro” Persino mientras su tocayo y compadre manejaba; una joven pasó cerca caminando y el “maestro” Persino sintió concupiscencia por ella. Así deseaba a tantas; tuvo secretarias que trabajaron en su despacho con quienes fue muy ruin al grado de pedirles cuestiones de lo más bajo, aunque hubo una que siempre se hizo respetar, una chica a la que llamaré Marly; ella se amoldó a las exigencias laborales del “maestro” Persino, que eran muchas, incluso aprendió a redactar artículos para medios de comunicación donde el “maestro” colaboraba. Cuando Marly dejó el despacho para casarse, el “maestro” Persino realmente la extrañó; ninguna secretaria que llegó después logró cubrir las expectativas y tener la paciencia necesaria para soportar la rapacidad del “maestro”. Cada que pienso en Marly, creo que me faltó mucho por aprender de ella.

Fotografía: John Kilar | Instagram