Una carta

A veces, cuando te veo, siento que nace en mí algo líquido, interminable, que quiere desbordarse y arrasar con todo eso que a ti y a mí nos separa.

Te sonrío cada vez. No sé si lo hayas notado. Te lo hago saber porque de lo que sí sabes es de mi tristeza, de esa sombra inmensa que viaja conmigo volviéndolo todo gris; como esponja que se lleva lo alegre. Pero esas veces en que te sonrío: cuando finjo que nuestras miradas se encontraron por puritita casualidad, ahí siento que brillo. Siento que soy una luz que sólo tú ves y que te alegra.

No sabes cuánto pienso en ti. A lo mejor y lo presientes pero lo cierto es que no lo sabes. Has de sospecharlo por mis ojos, pero no sabes cuánto. Eso sólo yo lo sé. Y ya va siendo hora de que te lo diga; de que lo deje bien marcado en un árbol y en tu boca, para que se quede en ambos y a cada ratito crezca, como encarnándose en los dos.

Llegará el día en que te vea y de ti salga un río llevándoselo todo. Yo entonces sabré nadar hasta ti, hasta tus bracitos y tu piel que me saben a cuna, al café que me tomo para no dormir.

Llegará el día en que nuestros cauces se unan y rieguen un huerto de rosas amarillas. Como aves que vuelan juntas en el cielo, y sin fin.

Fotografía: Clothilde Pasquier

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Eduardo Rocha

Eduardo Rocha (Durango, 1994). Una muestra de su trabajo forma parte de la antología Cuerpos Rotos de la editorial Bitácora de Vuelos. Ha colaborado en las revistas Monolito, Liebre de Fuego y Perígrafo. Lleva un par de años colaborando con los colectivos literarios «Cuántos Cuentos», de CDMX; y «El Cuentorio», de Colombia.