Un bote de frijoles en el congelador

La conocí accidentalmente, era amable, carismática, amigable, casi no hablaba de sí misma, como todas las personas que nos caen bien; era confiada y segura. Enorme autoestima. Era delgada pero musculosa, atlética, pues, y llevaba el cabello recogido casi todo el tiempo. Se cuidaba, se notaba que se cuidaba; siempre iba arreglada, con la piel perfecta, con el cabello brillante y combinaba los colores en su favor: oro, con su piel morena. Tenía la nariz enorme y los ojos negros, como una fruta putrefacta.

Así era, era así hasta la noche en que la maté, dulcemente saboreando cada segundo de su dolor. Sus últimas palabras fueron un discurso interrumpido por su muerte sobre cómo quería que sus últimas palabras trascendieran pero sólo yo las escuché.

Primero la até. Era tan delgada, tan ligera y tan pequeña que fue fácil atarle las manos mientras dormía. Dormía como un bebé, cansada por tanto intentar día con día hacer un trabajo con su vida que cambie el mundo, pero yo no se lo permití. Le até las manos y las piernas tan ajustadas que despertó cuando estaba por cubrirle la boca, pero el químico estaba haciendo su función y cayó inconsciente, aún en bragas, atada sobre su propia cama. Nunca supo cómo llegué ahí, a su habitación esa noche, y mucho menos supo de las siete noches anteriores que la observé dormir fijamente, allí sentado en el sillón junto a su cama, esperando el momento justo en que mis fantasías se volvieran realidad.

Me la eché sobre el hombro como animal muerto, como carnicero que mueve un cerdo de un lado a otro y la tiré sobre el suelo manchado de sangre seca y otros fluidos corporales que nunca han sido lavados de la Lola, que colecciona ADN como yo colecciono sus gritos. Esta raza humana tan asquerosa y repugnante. A Lola le encantan. El camino fue tranquilo, aburridísimo. Tuve que seguir andando por la calle sin rumbo, a pesar de haber llegado, esperando a que despertara porque ahí es cuando comienza todo, cuando se da cuenta de que todo está perdido y me acarician sus gritos de impotencia. Atada, chillaba como cerdo en fábrica y se retorcía como la cucaracha asquerosa que es, tratando inútilmente de soltarse y me senté en silencio de mi lado, donde conducía a Lola, con una sonrisa y los ojos cerrados, disfrutando simplemente de ese llanto ensordecedor. Cómo explicarlo, cómo explicarlo. El mayor placer que existe en el mundo es el sufrimiento de otro. Los griegos aventaban esclavos a los leones. Y el pueblo lo disfrutaba. En algún momento de la historia lo olvidaron, imbéciles, les digo.

Y así, retorciéndose torpe y chillando, la colgué del gancho que cuelga del techo, dejando caer todo su peso en sus muñecas y dejando que el metal le cortara la carne de las manos. La desnudé mientras lloraba, ya no con furia sino con miedo, le arranqué la ropa y le corté cuidadosamente con una navaja las bragas, tocándole todo el cuerpo serenamente, disfrutándola, humillándola. Hundí mi cara entre sus senos y la olí toda, ese aroma repugnante que desprenden los humanos, todos, hasta los más limpios y le lamí el estómago, las costillas, los senos. Terminé de desnudarla y le lamí los pezones, jugando con ellos porque es lo que más les gusta, lo que más las excita, lo que más las hace odiarse mientras las poseo.

Y la golpeé. Le golpeé todo el cuerpo sin parar, con un cinturón, con una rueda de Wartenberg, con un cable de púas, elevando en cada uno de ellos la intensidad, los gritos y su sangre. Cada chillido me calentaba la sangre y me erizaba la piel.

Esa piel tan suave, lisa y perfecta que tiene y que los demás le envidian. Esa piel de la que tanto se jacta, que le hace creer que todo está bien, que la gente la quiere, que es joven y bella, esa piel que le va a costar la vida y el dolor de sus últimos momentos. Se la arranqué pedazo por pedazo, comenzando por sus tobillos, con un pequeño corte fino en el sentido del reloj y levantándola lentamente para saborear sus gritos, lentamente un corte por debajo de la piel, lentamente un tirón con los dedos, hasta dejarle las piernas enteras al descubierto, al rojo vivo, al músculo encuerado, admirándola colgada así, esa imagen que nunca alguien ha visto. La corté y la corté minuciosamente golpeándole la cara esporádicamente para mantenerla viva, despierta y que viviera cada segundo de su sufrimiento hasta que toda la sangre de su cuerpo hubo escurrido al suelo gota a gota y esa piel que tanto presumía la guardo en un bote de frijoles en el congelador.

Fotografía: Yosigo

nude morra

Nude morra es escritora y persona con hipersexualidad clínica. Tiene más dinosaurios y libros que amigos, habla siete idiomas y los siete los habla mal. Su banda favorita es Oasis y las películas de Tom Cruise son su debilidad. Si la ves por la calle, cómprale un helado de vainilla. Sígueme en Twitter: @nudemorra