Todavía están buenas

María, María. Había orinado en la mañana mojando una tirita de prueba de embarazo y había llorado todo. Salió empujando la carriola con su bebe de dos años por las calles vacías del barrio burgués dónde vivía. Subió lentamente la cuesta y los árboles solos rechinaban sus hojas. María avanzaba viendo las esferas extraviadas de los ojos de su nene. Y pensaba, “qué hueva, encima otro”. Sacó su cel de la bolsa Prada que iba en el carrito sobre la panza de Lorenzo y siguió empujando el portabebés con la mano izquierda. Con la derecha picó el contacto de Rodrigo. Se puso el cel en el pabellón de la oreja y espero que el man contestara. Cuando contestó, le dijo: “quiero tu verga”. Rodrigo, le respondió: “Nel, nunca más, estoy harto de todo, pídesela a tu marido”. María siguió avanzando, desvencijada. Soltó la carriola para agarrarse la tetas pensando, “todavía están buenas”, el carrito con Lorenzo adentro, tomó vuelo en la curva que bajaba. Desde el peñasco de esa curva, un yunque, carriola y niño, se destrozaron poco a poco con los golpes firmes de la caída. Los fierritos del coche se quebraban mientras la fina piel del niño se raspaba y los huesos se trozaban. Al fondo no había nada. Una estúpida mamacita que se agarraba la tetas, un teléfono que caía al piso y la muerte inocente de un chamaco.

Fotografía: Dima Semenovykh

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Darío Bracho

Lo que no mata no sirve para nada. El lobo que no se come al cordero no entiende su naturaleza de lobo. El cordero que no se deja comer no entiende tampoco su naturaleza de cordero. A Darío Bracho no le gustan los lobos ni los corderos porque no sabe si irle a unos u otros. Lo que sí sabe es que el le gusta el vino tinto y el chocolate. También le gusta el cine, el viejo, el de Antonioni y Bergman aunque sabe perfecto que ya nadie ve esas películas. Nació en la Ciudad de México cerca de Tlatelolco. Tlatelolco le gusta mucho y cada vez que truena con alguien va a emborracharse a las calles de la colonia Guerrero pensando en Saúl Hernández de Caifanes. Sí él, salió, porque uno no va a salir. Leyó a Rulfo y le gusta. Leyó a Octavio Paz y no le gusta. Le gusta Facundo Cabral y las muchachas en abril. También, por su puesto, la María en el trigal. Sabe que “La estaca” es una canción española y que hay que sacarla para liberar el coche. Con eso basta. Podría cumplir, cincuenta años, qué más da, como el personaje del poema “Límites” de Borges. Podría salir con cualquiera. Es trovador y licenciado. Le gusta romper piñatas.