Sueños rotos

Trotando y tropezando. El camino de la muerte va dibujado pedazos de alcohol tirado en la calle. La felicidad se enrolla en bloques de dinero recibidos por mes. Semanas desperdiciadas a la supervivencia humana. La temporalidad trafica con la silueta de la soledad y el bloqueo de no comprender la insistencia del tiempo.

La pobreza es un ejemplo de la mediocridad de aquellos que tienen una pieza de poder para cambiar al mundo. Las letras naufragan entre discursos y reuniones clandestinas. Lentamente se ensombrece la luz encima de los que lo intentan y poco a poco regresan a procastinar.

Nula es la reflexión de lo que se tiende a ser. Vamos, se está todos los días tirando rocas al aire con el deseo de que regresen a malcriar nuestros sueños hasta hacerlos semi-verdaderos.

No hay daño alguno. Lo peor de la amargura resulta en la falta del resultado negativo: asfixio de la letra en puños equivocados. Sólo hasta que percibimos la oscurdidad del alma, se ventila una sonrisa falsa y envuelta de labia.

El moho inunda el edificio donde habitamos y hemos dejado de «ser» a ratos. Entramos al pasillo de nunca acabar, prometiendo tiempos y recuerdos que no llegarán, jamás.

La resolución final va entre conclusiones incompletas, pensamientos sin destino y personalidades con falta de presencia y maravillas escondidas, almas perdidas sin camino y sin señales cordiales.

No hay concreción ni anuncio. Sólo madrugadas con abstinencia con días de vuelta, sin gracia y con toneladas de demencia.

Fotografía: Leandro Furini