Soy una mosca ahogándose en la alberca vacía

Acostado adentro en esta alberca vacía.
Carros viejos.
Blanco y negro.
Menos tus pecas rojas.
Pescados rojos.
Brillantes.
Muertos.
Peces plateados de aire.
Una fogata en blanco y negro.
Un cofre.
Un diente de oro.
Tu nariz diminuta.
Pañuelos para el que lee.
Esperanzas para el difunto.
Cíclopes y Lestrigones para el viajero.
Una lista infinita de actitudes por tomar.
Una explosión de estrellas.
Un árbol calcificado de hace 100 millones de años.
Un chiste.
Un mal chiste.
Una portería que se cae.
Un niño que muere.
Una carta al padre.
Un extranjero.
Un día soleado.
Una alberca vacía.
Un poema absurdo.
Una vida trasparente.
Unas axilas transpirantes.
Un volcán no escalado.
Un viejo amargado.
Un bar vacío y caro.
Un cumpleaños aburrido.
La traición de un buen amigo.
No quería que rimara.
Tampoco quise que me vieran la cara de estúpido.
Pero las cosas pasan.
Como las uvas pasas.
O como mi tío Carlos.
Que llegaba al cine, con un puñado de uvas pasas en las
manos y le decía a la persona de la entrada: ¿Qué son? y
ella contestaba “pasas” y mi tío pasaba.
No sé si esa historia es cierta, pero es verdadera. O no sé
si es no es verdadera pero sí cierta.
No recuerdo mis clases de lógica.
Pero aún así, sé que la historia de las pasas es digna de
recordarse. De inmortalizarse en este poema.
Lo que no es digno de inmortalizarse es el recuerdo de
lo que pasó el miércoles pasado. Para mi cuate, no hay
traición. Para ella tampoco, supongo.
Ella es muda.
Bella y muda.
Y cuando habla, le salen flores por la boca.
Pero eso no importa tanto.
O no importó.
Como no importa que no esté acostado en una alberca vacía.
O que los hipopótamos se cocieran en sus tanques.
O que en lugar de morir, al niño sólo le hubiera desviado
el tabique la portería que se cayó.
O que Kafka se hubiera llevado chido con su papá.
O que no existiera el dios de las pequeñas cosas.
Ni las arañas.
Ni las cartas en general.
Ni las guacamayas de Brasil.
Ni tus lentes.
Ni las manos torpes que escriben.
Ni las canciones que enumeran cosas.
Ni las palabras vacías de mis poemas.
Ni el vestido azul o morado.
Ni el blanco y negro.
Ni el daltonismo.
Ni el darwinismo.
Ni mi iguana muerta.
Ni la sensación de crecer que estoy sintiendo.
Ni tus ojos profundos.
Ni mis manos secas.
Ni mis plumas mojadas.
Mis alas pegadas.
Soy una mosca ahogándose en la alberca vacía.

Fotografía: Quentin.Ø’Malley

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Viajero en búsqueda de la aventura que no existe, acampa en desiertos, bosques y selvas. Recorre por las noches las letras de su antigua máquina de escribir para descubrir las narraciones que le son reveladas en el humo que emana de sus cigarros. Lector ávido de un argentino llamado Julio que le ha otorgado el delirio de soñar sobre papel, seguidor de un gringo de nombre Ernest al cual imita en su sed etílica para mostrar la realidad. Poeta de narraciones cotidianas que hace mágicos los objetos con los que convivimos a diario. Conservador de la antigua tradición de narrar lo que le acontece en su día a día sin más afán que el de seguir contando historias. Todo ello se amalgama para crear en su espíritu a un escritor que quiere hacer verosímil lo absurdo del mundo.