Sin título (gracias por todo)

Al universo.
A la luna y el sol.
A Dios, si existe.
A quien sea.
A mí.
A ella.

Comencé este texto queriendo contar una historia, pero seré breve. Siento una inseguridad que corrompe mis andares, una tristeza que envuelve mi corazón a ratos precisos. He decidido ya no hablarle, no verle. Huir del destino como quien huye de la lluvia. Paso por un proceso en el cual tan sólo su nombre me provoca melancolía, de esa que expiden las lágrimas de niño. No es que dependa de ella mi existencia o que la necesite, o que sin sus aromas no pueda yo respirar. Es tan sólo algo que me recuerda que no estoy completo —o que vivo descubriendo quien soy en realidad—. Bajo la duda y la instantaneidad de la eternidad. Por esa razón escribo esto: para tomar nota de lo que cavilo hoy. Que nada va en contra de lo que siento y pienso por y de ella: que es la mujer más maravillosa que hasta ahora haya visto y con quien tuve el placer de convivir siquiera un segundo. Espero resolver, con tiempo y paciencia, los problemas que acosan mi mente. Verla cuando eso suceda. Atisbar en sus ojos lo tanto que ha crecido para ese momento, las personas grandiosas que conoció o los lugares que la sorprendieron; también de aquellas cosas que odió. Quiero, cuando llegue el justo minuto, observar en su sonrisa el último amor que tuvo, los sueños que ya realizó o los abismos a los que cayeron sus manos y de los cuales se levantó. Quiero escuchar de su caminar el penúltimo libro que leyó, la penúltima canción que escuchó, el último gesto que le hizo quebrarse y admirar en su tacto cuán magnánima es. Me gustaría verla con el orgullo con que la miro ahora, esperando tal vez un día se dé cuenta cuan mágica es su labor de escritora o su esencia de líder. Tan sólo me gustaría que fuese feliz en su orilla, en el borde de ese mar que ella adora, sin amor, sin odio para con nosotros, que estuviera entreviendo la luna en el piadoso paisaje y que yo, desde la infinitud de un suspiro, al otro lado del horizonte, pudiera ver todo eso, como quien mira una obra en un museo de arte: conmoviéndose en los colores del lienzo a pesar de ser ajeno a la imagen.

Ojala llegué el día. Pero hasta entonces me retiraré.

(Es ella una joven promesa. Guarden todos su nombre. Será escrito en la posteridad de un ayer con letras doradas. No verán de ella su frágil destino, sino la entera fuerza con que ella hizo de una suave pincelada todo su camino).

 

Fotografía: Justin Vogel