Resistiendo la cuarentena I

Paquito es un joven de diecinueve años, con una vida simple y una mirada melancólica. Su rutina comienza temprano. Se levanta él alrededor de las cuatro, desayuna cereal —cuando se puede— y se prepara para ir a la universidad, tomar una clase aburrida, y regresar a su casa hasta las diez de la noche, cuando su familia ya se encuentra en pijama a punto de descansar.

Todas las mañanas, al salir de casa, él observa el adoquín malgastado de la calle, pensando que un día encontrará allí una buena reflexión, cuya fuerza pudiese compartir con sus colegas ingenieros o con sus sueños etéreos, o quizás con algún buen amor. Hace unos días vio en una grieta la respuesta a un problema de cálculo. Misma que le llevó a dudar de sus profesores y de sus viejas dinámicas. Hasta hace poco, también, a Paquito se le encontraba en la biblioteca de la facultad, a veces leyendo un libro, otras simplemente dialogando con su voz interior. Sus clases comienzan a las siete —si acaso hay— y terminan por eso de las once o doce, dependiendo la semana. Después, asiste a trabajar en una diminuta cafetería, dónde es mesero y cocinero, con el único fin de pasar el rato, de diluir su propia y taciturna realidad.

Conmocionado por los acontecimientos recientes, Paquito se lamenta ahora de pasar la cuarentena en su casa —la de la fachada rosa y portón herrumbrado—. Desde los dieciséis, su familia le ha dicho que debe trabajar ya en una fábrica, aportar al gasto del hogar. Un par de ocasiones ha peleado con su madre quien, entonces, optó por correrlo, para luego rogarle que volviera después de unas semanas, porque él era el único que sabía como reparar la cañería del fregadero, sin cobrarle ni un céntimo.

Antes de cada periodo vacacional, Paquito se apoya de una de las computadoras que puede tomar prestada de su escuela para buscar en la web algún trabajo. Una vez fue chófer de Uber con el automóvil de su tío del gabacho. Alguna vez, también, le tocó ser officeboy en una gerencia de seguros, ayudante de un maestro albañil e incluso barrendero. Hoy su suerte es distinta, sin embargo, infortunadamente. No ha tenido ni tiempo ni las condiciones para encontrar un empleo que lo mantenga lejos de su padrastro mecánico y sus ademanes alcohólicos, porque el COVID-19 ha producido ciudades desérticas, situaciones inciertas, con gente volcada a convivir por salud, por obligación, o por ambas.

Han pasado ya seis días de una cuarentena que parece durará más de tres meses, objeta. En esos días, Paquito ha leído Seda —una novela que le regaló una amiga en su cumpleaños—; ha avanzado con su proyecto escolar, hasta donde ha podido, pues consta de elaborar una pieza de fierro fundido y de mecanografiar los avances en un formato de Excel del que no dispone. Sale él de su recámara para comer a veces o para pasear a Rocky —el bulldog negro de su hermano—, en un trayecto largo por su barrio, en cuyos caminos saluda a algunas vecinas y asimismo cavila en su íntima autenticidad.

Durante las primeras noches, no pudo él dormir, meditaba en si ocupar sus ahorros para comprarse un smartphone o si debía, mejor, contratar un servicio de internet y una laptop a pagos. O si debía pedirla prestada a otro de sus amigos raperos, con quienes hace calistenia. Pasados los minutos, también se planteó ahorrar otro poco para construir una cisterna en su casa, luego de la crisis, para así enfrentar los embistes del municipio que usualmente corta el suministro de agua sin dar aviso.

Hace unas horas él y su padrastro casi pelean a golpes. Él le ha contado lo peligrosa que es la fase dos de la pandemia, aprovechando el momento para insinuarle que debe limitar su consumo de cerveza y de pulque. No obstante, su padrastro le ha respondido con una llave Stillson en mano, tajante, que él debería trabajar y dejar de escuchar tonterías del gobierno y de los sistemas capitalistas, que su deber es reparar la lavadora, resanar las paredes, ayudar a sus hermanos con la tarea, jugar con ellos. Le ha dicho, inclusive, que él se parte el alma en su chamba para poder alimentarlos, sin saber que la comida que come y disfruta desde hace unos días, ha salido de los bolsos pequeños de Paquito García.

Fotografía por Jocelyn Catterson

Gerardo Buendía

(Aquí estoy estoico, y sin embargo, mi sombra se mueve). Escritor. Dibujante. Arquitecto.

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