¿Por qué ella?

Hace poco acompañé a un viejo amigo a hacer compras para la despensa de la semana. Nos fuimos en transporte público, fiel cualidad de todo estudiante de universidad o, como diría uno de nuestros profesores, una indispensable condición para conocer la realidad. Charlamos de camino al supermercado, de Operación Red Sparrow, la última película de Francis Lawrence, del clima, del mundial de fútbol y las posibilidades de México de ganar la copa. Le expuse mis observaciones de esto último, aseverando que tanto en el deporte como en la vida todo tenía una razón de ser, un por qué, muchas veces intrínseco en la naturaleza de ellas. Por supuesto le expresé mi desencanto para con la selección mexicana, y me fui llevando por el goce impaciente de manifestar mis pensamientos, sobre todo en estos periodos políticos tan dispares, hasta decirle que incluso la más mínima cosa en el mundo tenía una respuesta directamente en la misma pregunta. Pudo él dudar. De todos modos no me importaba.

Fuimos vagando en el mismo trayecto. Hablábamos, entonces, de nuestros gustos, aficiones, alguna que otra historia pueril que por nuestras mentes aceleradas pasaba. Decíamos cosas. Calificábamos, más bien, el paisaje urbano. Entretanto, los pasajeros escuchaban. Se mantenían atentos. Algunos disimulaban entreviendo sus teléfonos celulares o sus manos. Hubo una pausa leve al sacar el dinero de las billeteras y pagar el pasaje. El camión se detuvo. Nos bajamos aun en movimiento, como cualquier mexicano. En ese instante, mi amigo, quién bajó primero, comentó emocionado: “Mira. Encontré una moneda de diez pesos en el suelo”. A lo que respondí: “No hay casualidades en la vida. Alguien tendrá sus razones; Dios, la luna, lo que sea”. Él se molestó un poco. Tal vez había exagerado yo con mi comentario. No tomé importancia. Seguimos andando. Finalmente, al cabo de unos minutos, tras entrar al supermercado y escuchar esa voz que exhorta a los consumidores de bebidas alcohólicas a apresurar su paso, escuché a mi amigo decir: “No creo que todo tenga explicación. ¿Dónde quedaría la suerte, la aleatoriedad?”. Era obvio que mi comentario había causado una tremebunda reflexión en ambos. ¿Podían no existir respuestas a ese cuestionamiento? Seguramente.

Compramos la despensa. Pagamos a la cajera parlanchina. Examinamos el ticket. Observamos las bolsas. Miramos a lo lejos una pareja de recién casados ir abrazados, en el mismo momento en que atisbábamos el noticiero de la noche, y entonces, sin menor preámbulo, a mi amigo se le ocurrió decir: “Ya lo tengo —cual sí estuviera un foco encendido sobre su cabeza—. Si todo tiene razón de ser, ¿por qué ella —refiriéndose a mi actual pareja—, qué te llevo a decir que si?

Su emoción admiraba. La pregunta era clara: ¿Por qué ella?, tanto como mi profunda mirada a la nada. Dije muy poco, algo como: “¿Quieres que te diga?”, mostrando en realidad mis nulas ganas de confesarle ello. Ciertamente porque no conocía yo la respuesta, misma que, pensé, debería poseer la misma claridad que la duda, pero no la tenía. Llegamos a casa. Comimos un par de emparedados y nos despedimos pasadas las dos horas después de mirar en la televisión filmes ochenteros. Iba yo aún con esa premisa en mi magín empastado, debo confesar. Escribí en mis notas uno o dos versos. Nada me llenaba. Ni la vista por la ventana ni las conversaciones de los transeúntes. Sabía, de antemano, que se podía decir, atribuyendo como respuesta, alguna cualidad o proporción. Incluso, cuando la manecilla pequeña llegase ya al doce, recurrir a una de esas frases melodramáticas del ayer, recurrir a Shakespeare o a García Lorca, musitando cuanta perfección desborda su roce de flor o su miramiento canela —refiriéndome a ella—. Sin embargo, tal vez no sea ella perfecta, ahora que lo cavilo. Nadie lo es en lo absoluto. Soy de los que cree que la perfección aburriría toda vez, ensimismándose a la sustantividad, y que las rarezas, las imperfecciones y aquellos errores cuyo efecto redirige la vida son quienes le dan sentido a la misma, aquellas cosas que reactivan el espíritu humano —del ser— dándole un carácter menester.

Es ella tan noble, lo admito, si podemos hablar de particularidades, no es quizá la más lista pero es sumamente inteligente. Es linda en todo aspecto, atenta, por decir menos; sagaz y tierna, por decir más. Puedo aseverar, sin ninguna pena, que ella comprende mis emociones, mis actos, mis sueños y otros tantos corolarios de mi persona y mis planes, usa su magia divina, su tacto celoso, su mirada precisa, como dice Silvio, su lápiz carmín y su pluma de tinta, con la que dibuja figuras, integrándonos de un modo u otro al camino. Ella no es de esas que trata de modificar el carácter del hombre con actos vacíos que pretenden llenarle de fama, al contrario, lucha en favor de la superación colectiva y las pasiones de largo alcance, logrando, con ello, que salgamos adelante entre tantas similitudes pero, sobre todo, entre tantas diferencias. Sonríe conmigo, se ríe de mí. A ratos grita a los cuatro vientos frases melosas, a otros, dice al oído palabras macabras. Sueña despierta. Reconfigura el paisaje. Piensa, hace, deshace también. Es una ávida planificadora del cosmos, detallando hasta la última coma del verso en la hoja. Analiza. Diseña. Cuentan los ángeles que es una estratega del cielo, música hecha materia. Me hace pensar. Reflexionó con ella, a menudo, con lo que dice, con lo que hace, incluso cuanto calla después; desarrolla junto conmigo ese sentido crítico y analítico de las cosas, del contexto, de los males y los deseos. Es ella un mundo nuevo, un ser diferente. Un territorio todavía misterioso y hostil, hermoso, sincero, si se puede decir.

Avanzo con todo. Sigo pensando. Hago mis notas. Expreso, en afán de resumen, como la parte que solidificaría un todo y un nada. Como la efímera brisa que golpea las mejillas o como lo eterno del recuerdo de un beso que duro apenas unos instantes. Es ella esto y aquello, creo yo. Sincretismo y secreto. Motivación dura y blanda, digo, me crítica y me ayuda en todo momento, es el soporte íntegro del alma misma. Es humana y admite cometer errores, no se salva ella de todo; es humilde, aunque también presumida a veces. Me escucha. Me oye. Los latidos cobran sentido a su oído y la lluvia adquiere su símbolo etéreo a su malvada mirada. No disimula sus sentires, debo decirles, llora cuando hay que hacerlo, grita cuando es necesario, se enoja, pelea, dirime de pronto sus ganas, las convierte en palabras, hace poesía con su voz y sus pausas, y de vez en cuando enamora con su quehacer ordinario que resulta ser más extraordinario que el de todos nosotros. Doy por hecho el mínimo verso sin la miel que endulza las crudas escenas. Mi amigo contravendrá a esa premisa, estoy seguro. No obstante, es la respuesta exacta en el momento más ameno. En conclusión, es ella, no se anda con jugueteos. O quizás no siempre. Tiene ella sus momentos joviales, su poder floreciendo; tiene guardado un sinfín de bagajes e historias, después de todo tiene una mente envidiable, por decir maravillosa. Tendrá sus dudas, días malos, ratos de ocio, miedos guardados y un tremebundo pasado. De eso se compone el carácter del hombre que hace rato enuncié. Esto, un algo intrínseco al tiempo, no es más que un cartel en el viento manifestándose en él, siento. Un complemento ostensible que nos va enalteciendo, podríamos llamarle amor o cariño —vaya que es cariñosa—. Es cierto que tal vez no me recite poemas todo el tiempo, que no me cante canciones, que no me diga frases románticas o actué cual si fuera la vida una película con los peores clichés inventados un día. El mundo color de rosa no es para nosotros, confieso. Me aturde sin menoscabo esa idea de impoluto trayecto, por la que mi amigo se desvive cada que ve Loco y estúpido amor, de Glenn Ficarra y John Requa.

Paso de párrafo. Pienso otro poco en las razones primeras. Atiendo, mientras la lluvia choca contra el cristal de mi ventana, con la misma mirada al vació que tuve aquel día. Otras cuestiones derivan de la primigenia. Cavilo. Me salgo de mí, queriendo verme como si me viera ella. Observándome sosegadamente como lo que soy, sin colocar etiquetas, como un chico asolado con ganas de comerse al mundo de una buena bocanada; y yo mirándola tal cual es, regresando ese gesto suyo, como una chica silenciosa con esencia de líder, bella, humana, con aroma de diosa. Discurro retrospectivamente sobre eso último. No es un eslogan dramático el que digo, sino más bien un adjetivo que pongo ingenuamente a la inefabilidad que tiene propiamente su ser.

Ella demuestra lo que debe con su tacto, rectifico. No está pensando en mí cada minuto de su vida ni desperdiciando cada segundo de su tiempo; aquello seria agotador y demasiado agobiante. ¿Y qué importa que no lo haga? Sé que me dará algo de su tiempo, aunque sea pocos minutos, y que me lo dará a su forma, a través de una parte de ella que se postra muy frágil. Ella no promete lastimarme, lo hará, por más que suene triste o cruel. Eso es realista. Y la realidad, como pocas cosas en la vida, duele y duele mucho; aunque también llena de glorias y satisfacciones una que otra vez. Es ella emocionalmente una musa, románticamente un profeta. Inspiradora es por sus fundamentos y atributos arcanos, los que le dan vida, haciéndola parecer distintos personajes. Puede que no sea la mujer más hermosa del mundo —pero yo no soy el más guapo—. Es latente que no es una de esas princesas de cuentos y que yo no soy el príncipe azul que ella anda esperando, sí es que lo esperase. Por otro lado, o por el mismo, mejor dicho, vamos por ahí, de la mano, forjando una historia momentánea en la historia basada en la confiabilidad y el afecto: una cosa que llamamos, bien o mal; crecimiento.

Siendo yo un escritor entusiasta, me resulta penoso carecer de vocabulario cuando hablo de ella. Sosiego y eternidad suenan en mi cabeza. Quizás me responda a mí mismo como contesté a mi amigo. “¿Quieres que te diga?”. Digo, ¿en realidad quiero saber? Tal vez. Será sólo cuestión de cambiar de plano. Analizo procesos y defino todo cuanto a mí alrededor acontece. Siempre ha sido así. O por lo menos así era, antes de que ella me enseñase a no analizar cada paso, a no pensar las veinticuatro horas del día y, de ese modo, aprender a vivir un rato cual si el contexto de pronto desapareciera del todo. Me enseña a no caer en ideologías pesimistas cada segundo de mi vida, a proyectarme por fuera y pasarla bien a cada instante que la vida me guarda. Quizás no este con ella toda la existencia, o memoria, el amor no es eterno ni mucho menos heroico o superficial, a menos que así se vuelva después que este advere. Es verdad que no soy ni seré su único novio. Eso importa poco al hablar del futuro y el pasado, dentro de un presente en el que nuestros caminos se unen para, eventualmente, después bifurcarse. Sé bien cuanto se siente y se quiere. Ella no me cambia; yo no la cambio. Situación que me hace extrañarla cuando no está conmigo aunque lo está en mi mente. Es ella indescifrable. Palabras como visión o magnanimidad la definen apenas. La amo, y eso es todo, no con todo mi amor porque nadie da todo lo que tiene; es obvio que no existen las parejas perfectas, subrayó. Yo no creo en estereotipos. Y es análogo que posiblemente ninguno de los dos encaje con el otro. Solo basta con que me haga sentir imparable ahora, cuando estamos juntos, y que nuestros demonios se codeen un poco cuando la noche cae despiadada en forma de prosa. ¿Qué más se puede decir de ella? Al fin y al cabo, podré yo recurrir a los textos antiguos de los grandes escribas, donde el lenguaje es usado de forma pletórica, pero, ahora que vuelvo a la pregunta primera que me hizo mi amigo. ¿Por qué ella? Creo que, a pesar de estas palabras vaciadas directo del corazón a la blanquecina hoja rayada, ni yo mismo sepa por qué.

Fotografía: Mattéo Mecheko