Poema desde el último cigarro

Borro las líneas de una prosa que ya se ha esfumado.
Residuos olor azul muerto.
Recito con firmeza simbolismos extraños
que poseído grito pero en retorcido silencio.
Una cancioncita mañanera me sacude los nervios
y ya estoy cantándola.
Veo su rostro
lejano.
Lo quiero alcanzar
pero es
lejos.
Y me veo también
lejos
de esto.
Me mastico las venas exprimiendo el líquido vital
se lo ofrezco a los entes
suplicándoles paz o tormento.
Tiempo mismo en el que me muero de angustia
por sacarme leños del cerebro
para echarlos
en esta hoguera,
aunque las librerías están cerradas
no hay por qué llorar.
Viene el redentor digital con su cruzada a asesinarnos
y torturarnos
y vendernos.
Que corran todos
vendiendo paz en el imaginario de un pueblo que no tiene ríos.
Aunque abajo hubo
subterránea verdad,
que callada
nos habla a los que escuchamos
a las piedras
a los árboles
a los postes.
Qué callada
mi blasfemia es inocente,
pero no mi abandono en el bosque impenetrable
de los ángeles caídos.