Pasear a los perros

¿Cómo te digo lo mucho que voy a extrañar las caminatas contigo al caer la tarde, que es cuando los perros comienzan a pegar saltos y a gimotear desesperados? Ver a Rita correr a pocos metros de Rabelais, que siempre ha sido más rápido que su compañera de aventuras. Es tan complicado hacerse a la idea de que ya no los veré con la misma constancia, por no decir lo que, muy en el fondo, ya sé: que la otra persona en tu vida irá ocupando paulatinamente mi lugar hasta que, finalmente, yo ya no tenga cabida en la ecuación.

Yo quería quedarme con Rabelais, pero ambos sabíamos lo triste que se pone Rita cuando su compañero de juegos no está con ella. Todavía me acuerdo de la primera vez que tuvimos que llevar a Rabelais al veterinario y Rita se quedó sola por una semana completa; la pobre estaba tan triste que ni siquiera comía y, a los pocos días, también fue a dar al veterinario. Tuvieron que darle suero y estuvo en observación por una noche. Volvimos a casa con ambos perros; Rita estaba tan feliz de volver a encontrarse con Rabelais que prometimos nunca separarlos de nuevo. Por eso no hay forma de llevarme a Rabelais sin que Rita sufra las consecuencias de esa separación.

También quiero a Rita, pero fuiste tú quien eligió su nombre cuando todavía era un cachorro. Tenerla conmigo sería como cargar con una parte de ti y me había prometido no hacerlo.
Nunca me prohibiste verlos. “Son nuestros perros”, dijiste, pero me es imposible sentir cierta incomodidad ahora que ya no tenemos una relación. Por otro lado, está “el otro”, esa persona por la que me cambiaste y a la que le guardo cierto grado de rencor. Ya imagino la dificultad que tendrá para recordar el nombre de Rabelais y terminará nombrándolo con un apodo cualquiera, como “bonito” o “amiguito”.

Hay gente que se da un último acostón o un beso antes de dejar todo atrás. A mí eso no me interesa. Si hay algo que quiero es dar un último paseo al atardecer contigo, mirando Rita y Rabelais juguetear y corretearse a pocos metros de nosotros.

Fotografía: Terry Magson

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David Rubio Esquivel

1990. Psicólogo social en formación y bibliómano de corazón. Escribo, sobretodo, para combatir el desencanto que me produce la realidad.