Paradojas pensadas en un bus

Un buen día llegué y vi a mis peces nadando felices, eran Félix, Flipo y Martina. Los he conservado como un tesoro inagotable, porque me llenan de calma y me ayudan a pensar, he meditado con ellos aunque son muy indiferentes conmigo, pero el mar está en sus venas, así como en las mías, tierra salada que está colada en mis poros y en sus escamas, somos lo mismo.

Mientras les contaba a ellos cómo me había ido aquél viernes, agotada, con mis ojeras escondidas tras las gafas que no puedo dejar por mi acelerada ceguera, una lágrima escurrió por mi mejilla, tan sólo una, y recordé a J. K. Simmons como Terence Fletcher en Whiplash, diciéndole a su alumno, con su cara muy cerca a él: “¿eres de los que bota sólo una lágrima al llorar?, discriminando su sensibilidad.

Pero esta vez yo no tenía quién me gritara que parecía una niña de 4 años haciendo una falsa pataleta, porque me lancé sobre mi cama y no había nadie más, nadie más que yo en una habitación no habitada, en un hábitat abandonado a diario por mi ausencia, sintiendo que no pertenezco a ese espacio lleno de cosas tan mías, adornado como un cuartel de llamamiento al hogar, un lugar caliente que me espera para cobijar mis pies llenos de ampollas, mis músculos doloridos, mi cabello con olor a alcohol y cigarrillo y mi boca casi reseca.

Esa tarde de viernes vi los libros reposando en mi biblioteca, vi los discos en la caja y vi un atardecer por la ventana, quise tomar una botella de vino que estaba en la alacena, lo olí y probé un poco, estaba exquisito, me serví una copa y le llamé.

Después de cuatro timbrazos, estando yo apunto de colgar, con mis tripas retorciéndose, mi corazón abriendo paso en mi pecho y mi piel erizada, contestó:

-¿Hola?
-Hola cómo estás.
-¿Con quién hablo?

Me quedó el corazón más frío que un invierno reprochable retomando su lugar, mis vellos volvieron a mi piel y mi estómago se reacomodó. Supe que tenía que colgar para jamás oírle de nuevo.

“Para eso están los amigos”, me dicen y decimos muchas veces.

Le escribí a unos cuantos y me aplazaban la hora que yo proponía, no quise esperar más al lado del acuario y salí a caminar.

Mientras caminaba, una bicicleta azul casi me lleva por delante, logró rozarme el cabello, se detuvo y me saludó:

!Hola! ¿qué hay de nuevo? tal vez, no se, no creo, ¿tu me llamaste? no reconocí la voz e inmediatamente me colgaron.

Y yo dentro de mi pensaba: “debieron colgarte del cuello o a mi…”

-No, no fui yo.

Lo supuse, dijo riendo, perdí los contactos, mi celular está dañado…de todas formas estoy acostumbrado a que te pierdas y jamás me escribas, no hay lío.
¿Qué harás?

-Voy a…a verme con una amiga.
-Que tal si charlamos un rato, hace meses no sé de ti.

Y dentro de mi pensaba: son años.

Mientras nos contábamos la vida, mi celular sonó, era un número extraño, diciéndome con voz dulce, que había ganado la beca para irme a Barcelona a seguir con mis estudios. Estaba claro que mi presión subía rápidamente porque no podía creer tal noticia que yo veía inalcanzable. Me debía ir en una semana.

Se lo conté, mi vida cambió en el minuto que duró la llamada, lo dejé allí a punto de decirme algo “importante”, algo que jamás había escuchado de sus labios casi perfectos, “te extraño mucho”, “me han pasado muchas cosas y el tiempo no me alcanza”, “te extrañé en todo el tiempo que no te vi, y ahora que te vas del país…”

Fue desconcertante e incoherente en ese momento, aunque esta vez no boté ninguna lágrima.

Tuve que despedirme de Clarence, mi banda, de mis peces, de mis papás, de mis 4 amigos más allegados y de mi hábitat desolado. Empaqué todo, me empaqué a mi también, supe que no podía ser la misma en ese lugar, porque “Ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río”. Heráclito.

Y sólo cuando nos ven lejos, nos extrañan. Sólo cuando saben que no nos verán más, las palabras se descongelan y son capaces de salir expulsadas en situaciones en las que no queda nada más que hacer. Una vez las maletas hechas, no hay vuelta atrás. ¿o sí?

Fotografía: Liszt Chang