Palpitaciones

Roberta observaba palpitar su ranita. Una, dos, tres palpitaciones. Un temblor súbito, violento, irracional. La verdad es que la miraba porque pensaba en su chocho. Se parecían demasiado. Así igual le palpitaba cuando tenía a Paquito enfrente con su pinga erecta y desviada. Consensuaban, eso sí. “Tú abajo, yo arriba, tú arriba yo abajo, mejor de laredo.” Pobre Paquito sudaba, sudaba mal. Lo mismo Roberta, pero a ella sólo se le humedecían las axilas. Ella pensaba en cómo la libraban las bailadoras de flamenco. No se imaginaba cómo con tanto ajetreo no les sudaba el sope. ¿Cómo conseguían que no les brillara el hueco de la aleta?

En fin, en eso estaba Roberta, viendo cómo su ranita palpitaba, cómo ampliaba su cuerpecito mojado. Y venía otra vez Paquito a su cabeza, el condenado. “Por la colita, anda, por la colita.” Se olvidaba Roberta muy rápido de la ranita. Y recuperaba la pinga de Paquito que rígida se mojaba en su agujero. Y ella apretaba, apretaba, duro, muy duro, hasta que casi le dolía, pero sentía placer en eso, Paquito qué. Se trataba del palo deslizándose en el hoyo que se llenaba de aceite con olor a quién sabe qué pero que ponía.

Y sí que ponía. Era la reconquista de Granada. Los moros tomando de nuevo España. Y Roberta miraba su ranita. Y eso era todo solamente. Sonaban Los Planetas. A ella le gustaba sentir a Paquito escuchando a Jota. Se imaginaba que la voz áspera y muchas veces indescifrable de ese vocalista andaluz, era en realidad lo que le entraba. Paquito qué. Al final, quien se excitaba y disfrutaba era ella, de su ranita no podía decirse otra cosa que palpitaba nomás.

Fotografía: John Kilar

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Darío Bracho

Lo que no mata no sirve para nada. El lobo que no se come al cordero no entiende su naturaleza de lobo. El cordero que no se deja comer no entiende tampoco su naturaleza de cordero. A Darío Bracho no le gustan los lobos ni los corderos porque no sabe si irle a unos u otros. Lo que sí sabe es que el le gusta el vino tinto y el chocolate. También le gusta el cine, el viejo, el de Antonioni y Bergman aunque sabe perfecto que ya nadie ve esas películas. Nació en la Ciudad de México cerca de Tlatelolco. Tlatelolco le gusta mucho y cada vez que truena con alguien va a emborracharse a las calles de la colonia Guerrero pensando en Saúl Hernández de Caifanes. Sí él, salió, porque uno no va a salir. Leyó a Rulfo y le gusta. Leyó a Octavio Paz y no le gusta. Le gusta Facundo Cabral y las muchachas en abril. También, por su puesto, la María en el trigal. Sabe que “La estaca” es una canción española y que hay que sacarla para liberar el coche. Con eso basta. Podría cumplir, cincuenta años, qué más da, como el personaje del poema “Límites” de Borges. Podría salir con cualquiera. Es trovador y licenciado. Le gusta romper piñatas.