¿Orfeo descendió al inframundo?

Oh Dulce María, dime, ¿por qué el mar es tu sueño todas las noches?, si por las mañanas eres un como un interminable desierto…

Te gusta detenerte a escuchar el saxofón del sujeto en la esquina de manzanares todas la tardes cuando vienes de regreso de un paseo; toda tu vida es un ritual, entre tus discos de Louis Armstrong, porque seamos sinceros, ¿cuántas personas de tu edad María les gusta eso actualmente?, ni tus amigos lo escuchan, a veces creo que eres como una persona vieja aunque parezcas joven.

Libros que compras y no lees, tus plantas que se mueren a los dos meses, tus películas todas aburridas en las que mejor me duermo, tus baños de menta que en realidad si me gustan, tus cortinas Coral en la cocina porque te gusta la luz que refleja; eres tan pendeja que crees que eso te brinda una paz interior, pero yo quien soy para juzgarte, si me gusta cuando estás pacheca y te pones a escuchar a Juan Wauters.

Pero sabes que es lo que más me gusta, cuando sales con tus amigos y me llevas contigo, te pones ese gorro ridículo, que robaste un día de casa de tus abuelos, me gustan esos días.

Oh María, pasas el tiempo viendo el cielo a través de las hojas de los árboles, con lentes de sol, llorando dos veces por semana, escuchando música triste, porque dices que te pone feliz, pero yo estoy convencido que es mentira.

Alguna vez escuché decir que tú nombre vino de que ah tu abuela paterna que le gustaba rezar cuando estabas en el vientre materno: “¡Oh, María Inmaculada y siempre bendita!, singular e incomparable, María, templo muy agradable, puerta del reino de los cielos, ¡Oh María pon esos tus ojos refulgentes en mí, que tus rayos de luz alumbren mi alma!”.

Desde antes de nacer te anclaron ah ser una María más en este mundo, triste y sin poder cambiarlo, me tienes a mi, qué veo todo, sin poderte decir nada, solo moviendo la cola, de un lado a otro.

¡Oh María!, qué haría yo sin ti, si eres mi salvación y yo la tuya en los peores, en los mejores días, aunque mi destino fuera ser llamado Orfeo, así estar anclado, estar aquí para ti y después de la muerte, buscarte cómo a Eurídice; aunque sea sólo un perro.

Fotografía: Catherine Lemblé

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Napoleón
Autor

En ocasiones soy una heladera desenchufada y lo que está en mi interior se derrite.