Oración en el huerto

No, no quiero.
De verdad no quiero.
Quisiera querer que quiero,
pero no quiero.
Esto parece los poemas fáciles de Santa Teresa,
o de Arjona.
Pero si yo no quiero, no existirán Santa Teresa
ni Arjona.
Soy Cristo, pero no quiero.
No soy el Cristo aún.
Sólo soy un hombre que no quiere.
Como muchos años después, Benedicto que me renuncia.
Así soy yo, hoy, queriendo renunciar.
Renunciarme.
Rajarme.
Bajarme del tren.
¿Cuál tren?
Si ni siquiera existen aún.
¿Ya les dije que soy Cristo?
Que no soy Cristo aún.
Que soy un maldito tímido,
un maldito cobarde.
Que sólo soy un hombre.
Un hombre más.
Otro hombre.
No, no es el peso de la humanidad en esta decisión.
Es sólo un cáliz.
Un vaso.
Una chela.
Un trago.
Un toque.
Un golpe.
Un silencio.
Un sí.
Un no.
Una decisión.
Pero no quiero.
No quiero.
No quiero.
No quiero.
No, no quiero.
Si es posible, Padre.
(No tengo padre, mi padre es una paloma)
Aleja de mí este cáliz.
Es decir:
–Ya no quiero un chupe más, voy a manejar.
–Ya no quiero drogarme, mi cabeza está que explota.
–Ya no quiero cogerte, amor mío,
mejor resolvamos nuestros pedos.
–Ya no quiero más, seguirte molestando,
pero es tan fácil chingarte.
–Ya no quiero seguir este jueguito de no hablarle.
–Ya no quiero beber de tus impuestos, jodido.
–Ya no quiero copiar en el examen, pero no estudié.
–Ya no quiero jalarte las cobijas, pero tengo frío.
–Ya no quiero gritarte, pero me siento poderoso.
–Ya no quiero dar mordida, pero tampoco quiero
gastar más tiempo.
–Ya no quiero menstruar, quiero dejar de ser mujer.
–Ya no quiero que me hablen, me aburren.
–Ya no quiero contestar tantos Whatsapps,
estoy harto de todos.
–Ya no quiero que me hieras, lo has hecho ya bastante.
–Ya no quiero nada, maldito mundo.
–Ya no quiero ser divino, maldito ángel.
–Ya no quiero ser humano.
Sólo quiero morir
y, si se puede,
crucificado.
Para que mañana todos me adoren.
Amén.

Fotografía: Quentin.Ø’Malley

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Viajero en búsqueda de la aventura que no existe, acampa en desiertos, bosques y selvas. Recorre por las noches las letras de su antigua máquina de escribir para descubrir las narraciones que le son reveladas en el humo que emana de sus cigarros. Lector ávido de un argentino llamado Julio que le ha otorgado el delirio de soñar sobre papel, seguidor de un gringo de nombre Ernest al cual imita en su sed etílica para mostrar la realidad. Poeta de narraciones cotidianas que hace mágicos los objetos con los que convivimos a diario. Conservador de la antigua tradición de narrar lo que le acontece en su día a día sin más afán que el de seguir contando historias. Todo ello se amalgama para crear en su espíritu a un escritor que quiere hacer verosímil lo absurdo del mundo.