Nuevo Mundo Reloaded

En la Noche de Juan se queman fogatas para renovar la cosecha. Pero eso se ha ido olvidando y al parecer en ese el lugar, en Región, el último año se olvidó por completo.

En un pueblo pequeñito cerca de San Francisco, California, por su puesto, también se alzaban demenciales hogueras para propiciar que los campos de cultivo de la zona, ricos en tomates y calabazas, en tubérculos espectaculares –tanto como testículos de elefante–, pudieran nuevamente a crecer. Pero este último año, el último de los ancianos murió diciendo en español, en realidad nunca habló inglés: “los caballos vinieron de España y poblaron todas estas tierras esparciendo en cada pisada de su carrera en cada bufido, su irreversible maldición. No se olviden de encender los fuegos, es lo único que nos defiende cada año del terror de esos pezuñosos”.

Y claro, al caballo lo arrancaron del oriente y del medio oriente, Gengis Kahn no hubiera sido Gengis Kahn sin sus famosos caballos, lo mismo todo aquello sobre los puras sangres árabes, o sobre Babieca. A América llegaron y se esparcieron por las pampa argentina, por ejemplo, quedando manadas inmensas, sueltas por todos esas planicies de pajonales infinitos.

Cortés jamás hubiera conquistado nuestro continente sin sus caballos robustos. Algunos de esos caballos se escaparon hacia Centroamérica y total. El caballo se volvió en muchos lugares como Colombia, símbolo de prosperidad y poder. Es inimaginable pensar en los indios de Norteamérica, en los Siuox, sin su alianza con los caballos veloces y ágiles que peregrinaban y guerreaban en las praderas.

Pero regresemos unas líneas. En último año en muchos lugares de América se dejaron de encender las hogueras de la noche de San Juan. Era más que un tributo a la tierra, un pacto secreto con los “pezuños”, que sirvieron a los humanos, pero a costa de millones de animales muertos a lo largo de siglos desde su arribo al Nuevo Mundo. Si no hay fuego, si no hay leña crepitando, la maldición de una plaga no podría ser otra que la mismísima cara de la desgracia.

Comodoro al día siguiente de la noche de San Juan salió de su cabaña y miró Región respirando el aire fresco de la montaña. Sus pulmones se llenaron extrañamente de ese aire liviano de un modo largo y demorado, cuando exhaló, hizo un bufido. Miró sus manos y tocó su pene y eran los mismos, pero agitando la cabeza con sus dedos recorrió la cabeza y relinchó. Corrió hacia al espejo y no podía hablar, bufaba y
relinchaba horrorizado. Fue a la recámara de Lorenza y vio la cabeza de una hermosa yegua amarilla. Se exaltó.

Martha, Dominga, Jorgito, Pepa, Anacleto, Isabel, Pancracio, todo Región era una plaga de cabeza de caballo que corrían desesperados, unos para allá, otros para acá. “Mal’haya sea”, pensaban todos en su interior. Lo mismo sucedía en San Francisco y en realidad en el resto de América. Algunos inconsolables se suicidaban. Otros, más optimistas, comenzaron a ver la manera de pasarla bien.

Probaron el alcohol pero los asesinaba. Se olisqueaban las colas humanas con los hocicos largos pero era muy difícil. Algunas mujeres le arrancaron los huevos a sus maridos porque no controlaban sus largas dentaduras. Los hombres lamían pezones y vaginas pero no sentían ningún placer mientras sus mujeres se perdían en el abismo lustroso del orgasmo. De política ni hablar. Del precio del pasto menos.

El Nuevo Mundo, en el que Erik El Rojo, en el que Colón se internaron, volvía a renacer como un Nuevo Mundo Reloaded. La cosas ya no serían otra vez, como las conocíamos.

Fotografía: Simon William Van Wijk

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Darío Bracho

Lo que no mata no sirve para nada. El lobo que no se come al cordero no entiende su naturaleza de lobo. El cordero que no se deja comer no entiende tampoco su naturaleza de cordero. A Darío Bracho no le gustan los lobos ni los corderos porque no sabe si irle a unos u otros. Lo que sí sabe es que el le gusta el vino tinto y el chocolate. También le gusta el cine, el viejo, el de Antonioni y Bergman aunque sabe perfecto que ya nadie ve esas películas. Nació en la Ciudad de México cerca de Tlatelolco. Tlatelolco le gusta mucho y cada vez que truena con alguien va a emborracharse a las calles de la colonia Guerrero pensando en Saúl Hernández de Caifanes. Sí él, salió, porque uno no va a salir. Leyó a Rulfo y le gusta. Leyó a Octavio Paz y no le gusta. Le gusta Facundo Cabral y las muchachas en abril. También, por su puesto, la María en el trigal. Sabe que “La estaca” es una canción española y que hay que sacarla para liberar el coche. Con eso basta. Podría cumplir, cincuenta años, qué más da, como el personaje del poema “Límites” de Borges. Podría salir con cualquiera. Es trovador y licenciado. Le gusta romper piñatas.