No soy masoquista

Cada dos semanas invito a diferentes bandas a tocar en el Mojo Record Bar. La noche de ayer fue muy peculiar. Estaba intentando recordar el nombre de la banda a la que me recordaba el sonido de Manor Ants. Para la tercera o cuarta canción, el nombre me llegó: At the Drive-in. Sí, muy Mars Volta también. El tipo de banda en la que parece que cada quien esta tocando diferentes canciones a diferentes tiempos, pero al final, todo cobra un hermoso sentido.

Durante su set, ambas guitarras tocaban solos y melodías, una guitarra encima de la otra, mientras el bajo y la batería mantenían todo bajo control, como construyendo esta ola gigante para que las canciones y el público pudiéramos surfear o ahogarnos en ella. Después de gritos y spoken word en donde no entendí qué estaba diciendo, el vocalista y guitarrista hizo un homenaje a Jimmy Jendrix tocando la guitarra con los dientes.

El guitarrista me recuerda a mi hermano Abraham. Solíamos tocar juntos en este lugar de la Ciudad de México, llamado Jazzorca. Tocábamos free jazz y música experimental. Pero eso fue hace ya mucho tiempo. Este era el primer concierto de Manor Ants después de 7 meses de descanso. En varias ocasiones durante su set, uno de los toms de aire salió volando por el aire. Eso no detuvo nada. El baterista atacó el bombo con el doble de fuerza. Me dieron ganas de bailar al ritmo del caos. Ganas de unirme a la fiesta y destrozar el resto de la batería. Destruirlo todo. Brutal.

El bajista tocó con el Jazz Fender de su hermana. Me pregunto qué tipo de música tocará su hermana. Le dará gusto saber que su bajo formó parte de este gran concierto en el Mojo? Si yo fuera su hermana estaría orgullosa. Manor Ants me hizo pensar también en Sonic Youth. A ellos todavía pude verlos en vivo cuando tocaban juntos. Hace más de diez años, en México.

Cuando Manor Ants terminó su set, puse Psycho Killer de los Talking Heads. Boroky, la siguiente banda, se preparaba en el escenario. Estoy leyendo de nuevo Como funciona la música de David Byrne. Deberían echarle un vistazo, aun cuando no sean muy fans de su trabajo. Habla de los buenos tiempos en el CBGB de Nueva York. El Mojo Record Bar es el CBGB de Sydney.

El set de Boroky empezó. Un trio de virtuosos. No diría que su música es precisamente jazz. Similar a lo que Radiohead y Bjork han hecho, tomaron prestados muchos elementos del género, pero había algo más aquí. Diamantina y labial. Tal vez algo de Aphex Twin? La voz de un ángel flotaba en el aire. Una voz que formaba parte de las canciones como si fuera cualquier otro instrumento: todos los instrumentos eran voces. Y todas las voces eran extrañamente perfectas.

Qué elegante Musicvox blanco. Y qué manera de tocarlo. Amo cuando los músicos saben usar el silencio como parte de su ejecución. Esos momentos cuando el bajo regresaba y se unía a la banda me golpeaban los huevos. En el sutil y dulce sentido de las palabras. No soy Masoquista. Alguien del público gritó loco y hermoso. Estuve de acuerdo. Boroky tocaban canciones de cuna para bebés en ácido. Música siniestra que tomaba vueltas inesperadas y misteriosas, sometiendo a los pasajeros a bordo de su nave a mantenerse un ojo en camino durante el trayecto.

El bombo pedía auxilio e intentaba escapar de los golpes del hombre a cargo. Si pudiera tocar muy bien algún instrumento, definitivamente escogería la batería. Me gustaría tocarla así de chingón como lo hace el baterista de Boroky. Terminaron su set con Cure me, la cual empezaba de manera muy cinematográfica —si acaso esto quiere decir algo. El baterista sacó las escobillas a pasear. En el bar, alguien pidió un coctel y el hielo y alcohol fundiéndose en la mezcladora se unieron a la música como si Dios existiera. Me dieron ganas de coger. O de tomar una piña colada.

Llegó el turno de la banda de jazz: Cone of Confusion. Mientras se preparaban, puse Drums Unlimited en las bocinas del bar. Un álbum de Max Roach, para entrar en ambiente. Hace una semana, esta banda vendió todos sus entradas para su concierto en el 505. Se estaban tardando un poco para montar sus instrumentos en el escenario pero cuando empezaron a tocar todo hizo sentido. Una mezcla perfecta de energía, estilo y ritmo. Las estrellas se impactaban. Cada músico es de una parte distinta del mundo: Europa, Asia, América, aquí, allá el más allá. Eso lo explica todo. Guitarras deslizantes, saxofones, clarinetes, contrabajos, baterías, percusiones, vibráfonos. El Mojo Bar nunca había visto una banda de tal magnitud. Yo estaba feliz. Estaba volando. Estaba adentro de los sonidos. Todos estábamos hipnotizados.

Antes de que empezaran a tocar, me acerqué a Juan Carlos, el baterista, para saludarlo. Un mexicano. Aquí en Sydney, cada vez que me encuentro con alguien que viene de México, me dan ganas de darle un abrazo. Así que lo abrace como si ya nos conociéramos. ¿Hablas español? ¿De dónde nos conocemos? Y solo después del abrazo me presenté.

Para cerrar la noche, el duo más poderoso que he escuchado: Florange. Para empezar, hicieron a un lado mi humilde amplificador Fender y en su lugar instalaron un cab de 6 x 10 en donde conectaron la guitarra. Pero esta guitarra no era solamente una guitarra. Eran al menos diez mil guitarras rugiendo a través de todos el espectro de las frecuencias. Ambos músicos tocaban sus instrumentos descalzos. La fiesta apenas empezaba.

Loops de psicodelia pesada crecían capa tras capa para dejarse caer sin misericordia sobre nuestras cabezas. Y nosotros, siempre ambiciosos, queríamos más. Y cuando pensábamos que lo teníamos todo, llega la batería para volarnos los putos sesos. El piso se estremecía. Las paredes se agrietaban. Mi corazón se derretía. Fue una noche caliente en el Mojo Record Bar.

Fotografías y texto por Abel Ibáñez G.

Abel Ibáñez G.

Director y editor de ERRR Magazine. Músico y escritor. Nací en la Ciudad de México y hace unos años me mudé a Australia. Me gustan mucho los frijoles y las aceitunas.