Medusa y Neftalí. Gracia plena.

Poco se sabe acerca de lo que realmente pasó. Pero las llamas, dicen, subieron hasta rozar las nubes blancuzcas del cielo gris de esa tarde de verano. Ni siquiera la lluvia pudo detener el fuego que tomó aquella casa vieja de Neftalí, primo de Isaías, nieto de Pánfilo y rehén, perdón, esposo de Medusa.

Dorotea un día escuchó todo aquel cuento de la Medusa y se dijo que si un día evacuaría alguna hija la llamaría como el personaje de la mitología griega. Pensaba en la cabeza de serpientes y en la fuerza que de todo eso se desprendía, en que su hija jamás le tendría miedo a nadie si era capaz de convertir a cualquier gil en piedras con el poder de su cabellera de serpientes. Y se imaginaba cientos de coralillos que se mordían entre sí mientras su Medusita se limpiaba la cara con un trapo mojado en leche tibia de burra.

Neftalí era flaco y narigón. Más narigón que flaco la verdad, así que parecía una línea casi recta, pues caminaba ligeramente encorvado. El día del incendio se había levantado como siempre a buscar trabajo. Sin ganas de encontrarlo eso sí, no vaya ser que uno tenga un horario y una rutina. A él le gustaba salir a chupar piedras del jardín y a abrazar árboles. Se vendaba los ojos para besar los pechos redondos a Medusa y le metía la verga, también casi recta como él, por detrás para no verle los
fulminantes ojos verdes que podría convertirlo en piedra.

Así vivían Neftalí y Medusa. El dinero lo conseguía ella. Salía a la calle envuelta en su rebozo y fijaba un prospecto. Cuando el susodicho bajaba de su BMW ella se acercaba y lo miraba, y antes de que lo convirtiera por completo en piedra le sacaba la cartera. Por lo mismo Neftalí no se preocupaba demasiado de encontrar chamba.

Pero esa tarde fatídica no hubo nada más que hacer. Medusa le bailaba de espaldas, desnuda, con las nalgas alzadas y aplaudiendo y él se entretenía con su ése. Lo estiraba y replegaba primero muy guango y poco a poco endureciéndose. Ya prendido le gritó ahogadamente a Medusa. Hacía como una aullido y ella más movía el traste gozosamente. Era tanto el placer que Neftalí distraído atoró su ése en una sandwichera. No quiso decirle nada a Medusa y buscando zafarse encendió el aparato quemando en primer lugar su ése, luego sus boxers, su camiseta de algodón. Medusa preguntó por el olor a chamuscado, pero Neftalí le decía mortificado: “Ardo, ardo.”

Y ardió, ardió él, ardió ella, ardió su casa entera. La vida misma, por un simple descuido, se atoraron.

Fotografía: John Kilar

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Darío Bracho

Lo que no mata no sirve para nada. El lobo que no se come al cordero no entiende su naturaleza de lobo. El cordero que no se deja comer no entiende tampoco su naturaleza de cordero. A Darío Bracho no le gustan los lobos ni los corderos porque no sabe si irle a unos u otros. Lo que sí sabe es que el le gusta el vino tinto y el chocolate. También le gusta el cine, el viejo, el de Antonioni y Bergman aunque sabe perfecto que ya nadie ve esas películas. Nació en la Ciudad de México cerca de Tlatelolco. Tlatelolco le gusta mucho y cada vez que truena con alguien va a emborracharse a las calles de la colonia Guerrero pensando en Saúl Hernández de Caifanes. Sí él, salió, porque uno no va a salir. Leyó a Rulfo y le gusta. Leyó a Octavio Paz y no le gusta. Le gusta Facundo Cabral y las muchachas en abril. También, por su puesto, la María en el trigal. Sabe que “La estaca” es una canción española y que hay que sacarla para liberar el coche. Con eso basta. Podría cumplir, cincuenta años, qué más da, como el personaje del poema “Límites” de Borges. Podría salir con cualquiera. Es trovador y licenciado. Le gusta romper piñatas.