Los despreciadores del cuerpo

Escuché el televisor a lo lejos, el cuerpo fundido al otro. Uno sobre el otro, uno de acuerdo, no tanto el otro. Vaya historia, tan lejos de mí como el televisor.

Atravesé las calles a zancadas, trazando un camino de migas y de filtros. Ojalá en el  otro mundo a donde vaya pueda tener un pulmón de acero. Aquello estaba tan lejos de mí como el televisor

Tengo la sangre espesa, levanto la boca, escalo entre las sales humanas buscando el poco aliento que quedaba entre el humo y los haces de luz. Pero las risas se me empiezan a escurrir, creo que así es como se derriten las cosas en el otro mundo.

-Vas como trompo- alcanzo a escuchar, de nuevo muy lejos de mí, como el televisor.

Pero, ¿de dónde me agarro? si aquí no hay nada. Tan suicida como estar suspendida entre la luna y marte, entre las estrellas y estrellarme la cara contra el piso.

No regreso sola, lo siento. Vengo arrastrando una estela, presiento no es buena. Mis pasos suenan dobles en las escaleras, y la estela le viene haciendo eco a mi risa. Me empiezo a sentir dentro del televisor.

Siento la estela dentro, un cuerpo fundido al otro, uno sobre el otro. Uno de acuerdo, y no, no el otro. Ahora estoy yo en el televisor.

Que falso drama, sin gritos, sin esfuerzo, sin lágrimas. No hay rastros. Inservible para la televisión, este capítulo se desecha.

La estela se disipa, ¿Por qué me ha dejado aquí? Con la voz echa piedra en la barriga, con la vista atorada en las tripas. Hubiera cargado el bulto, se lo hubiera llevado, pero a la estela le sirve para tan poco, como ahora a mí.

Abro los ojos al día siguiente, arrastro el bulto reluciente; como puedo, le tapo errores, lo arreglo, lo paseo. Le pongo parches de sonrisa, le inyecto fuerza a los tobillos. Tomo anti-tamborines, anti-lágrimas. Habrá tiempo de descansar en el otro mundo.

No odio, perdono. No busco venganza, ni justicia. Alguna cosa lejos de mí se encargará de hacerlo. Una fuerza de igual magnitud, pero en sentido contrario. Encajará en ello, le destruirá, pero yo no, no puedo. Aunque, si el otro mundo no existiera, si el otro mundo no existiera.

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Omecalli
Autor

Muchacha de colores y zapatos cómodos para bailar. De boca impertinente, temerosa y tartamuda. Cabellos necios y chamuscados. Nunca musa.