Lo que le preguntaría a Damon Albarn II

No fue sino hasta que terminé de admirar Reject False Icons —el documental de Denholm Hewlett, hijo de Jamie Hewlett— cuando entendí la profunda complejidad de Gorillaz y de Damon Albarn, al reunir a más de cien artistas a lo largo de su trayectoria, congregando fiesta, experimentación, mofa al contenido basura de MTV, críticas a la normalidad y un mundo virtual en dónde las historias se entremezclan con oficial ironía.

Mientras salía del cinema aquella tarde, y apreciaba la gesticulación azarosa de los demás, a mi vista llegó dicha conclusión: eso era más que un concepto, más que una industria con bastantes ejes, evidentemente más que un sonido o una banda, correspondía más bien a un todo capaz de aprovechar, en un concierto, el resquicio diminuto entre dos canciones, con la tosca oscuridad de fondo para, en rosas, enviar un potente mensaje: «No more unicorns anymore».

Días después de aquel acontecimiento, y de asimilar las muchas narrativas paralelas de aquella banda —los personajes, las letras y sus discursos, la música en sí, entre tantas cosas—, caí en cuenta del poder de lo especial, de lo que adviene de la naturaleza del arte. Eventualmente, de la poesía oculta en la cotidianidad, en la inconsciencia. Por supuesto, se lo expuse a mi hermano, mientras trabajábamos él y yo, cada cual en su rincón.

Era una de esas noches previas a entregas, con los trozos de papel sketch decorando las camas. En el sonido ambiente estaba Apple Carts. Asimismo, se escuchaban los cláxones de fuera. Habíamos discutido ya alrededor del porque una fotografía a blanco y negro, en comparación de una a color, nos parecía más reflexiva. Se lo habíamos atribuido a que no vemos en grises y que el arte, de un modo u otro, nos presenta esa otra cara de la realidad a la que de otra forma es imposible acceder.

Pasados los minutos de discusión, le conté de aquel descubrimiento sobre 2-D, entre risas y sarcásticos ademanes, dudando aún que el arte fuera un filtro de Instagram. Al mismo tiempo, le comentaba también el concepto detrás de la letra de Merrie Land —de The Good, The Bad & The Queen—: una canción de desamor o de ruptura que parece dirigida a una mujer pero que, mejor dicho, va dirigida a una ciudad, al recuerdo de un tiempo remoto, y que es asimismo juicio a la modernidad y su gente.

Seguimos así durante unas horas aquella noche, charlando sobre lo que nos perturbaba, emocionaba. Incluso conversamos sobre la educación pública y sobre lugares románticos, hasta que él, en un movimiento brusco —como el matemático que es absorbido por un problema— bloqueó su teléfono celular y suspiró, desconocido.

—¿Qué es conceptualizar? —mencionó, luego de rumiar en su lugar durante un buen rato.

De inmediato, yo sonreí. Había recordado a aquellos profesores de la vieja guardia, con quienes habría discutido al respecto de aquel tema, vehementemente.

—Depende —dije, tras averiguar su vistazo apenado, casi taciturno. Y de descubrir que, ya entrada la noche, su novia —entonces estudiante de diseño gráfico— tenía problemas con una de sus tareas, la cual además necesitaba para aprobar una materia. La tarea constaba de componer —y conceptualizar— un relato visual basado en un hecho histórico, en modo poético. ¡Vaya cosa!

Sin pensarlo, y también sin mirar lo tenebroso del pasillo, busqué en la web otra de esas canciones de Damon Albarn —Ice Cream Man, de Blur—. A la que le siguió otra del mismo álbum. Le pedí que la escuchara con atención, con paciencia. A lo que él, vacilante, respondió: «de verdad, necesito saberlo», advirtiéndome que su novia contaba con él.

—De verdad, necesito que la escuches.

Se acomodó él en su asiento tras atender un mensaje de texto, preocupado, procurando visualizar la pantalla de la computadora, para después, sin más, dejarse llevar por la canción:

—«Here comes the ice-cream man
parked at the end of the road.
With a swish of his magic whip
all the people in the party froze
».

[Aquí viene el heladero / estacionado al final de la calle. / Con un golpe de su mágico látigo / toda la gente en la fiesta se congeló].

—«Screwball, chocolate chip,
umbrella and his white glove hand.
Shade from de sun was his intention
».

[Excéntrico, con chispas de chocolate / paraguas en su guante blanco. / Esconderse del sol era su intención].

—¿Y bien? ¿Qué te parece? —mencioné, con una calmada pausa, antes de decirle que la canción hacía referencia a la masacre de Tiananmen Square, de 1989: una protesta liderada por estudiantes en la República Popular China, la cual reclamaba que la inflación y el desempleo amenazaban las formas de vida. Movilización que el ejército chino se encargó de disolver.

No fue sino hasta que terminó de escucharse aquella canción, y de que el algoritmo de Google nos sugiriese reproducir The Fall (2010) —el álbum hecho en iPad—, cuando ambos entendimos que conceptualizar tenía que ver con el espacio y el proceso que antecede a la referencia y que se emplaza, casi como ruido, entre el motivo y el producto final.

Fotografía por Rahadyan Sastrowardoyo

Gerardo Buendía

(Aquí estoy estoico, y sin embargo, mi sombra se mueve). Escritor. Dibujante. Arquitecto.