Las palabras son como las balas

El cielo poseía aquel dramatismo que a la mayoría de las personas hacía falta a la hora de vivir la vida, de verla de lejos siquiera. Alguien cantaba en algún lado. «Tu cariño, cariño, tan frágil dentro de mi mente» se escuchaba, sincronizado con el tono nostálgico de guitarra. Era la tarde de un jueves en el centro histórico, quizás un viernes. Las personas iban y venían, volvían a ir, caminaban, reían, eso se apreciaba. Entraban los transeúntes acelerados al transporte público ineficiente de la ciudad y se olvidaban de ser quienes eran, sin querer. Siempre metidos entre el espeso líquido que envolvía a sus cuerpos nerviosos, apresurados, conmovidos por la sensatez de los cuerpos de piedra y cristal que ellos habitaban aun sin saber.

«Las palabras son como las balas», leyó ella en uno de los viejos libros de su padre. El de portada roja que robó del librero una de esas mañanas de invierno en que el frio se comía lentamente el ambiente, incluso dentro de los corazones más cálidos. Quedo estoica por unos segundos. Reflexiva al fin y al cabo. Asimilaba aquella frase recordando el día en que tomó dicho ejemplar, dejando un vacío en el mueble tan familiar y a la vez tan insignificante. Recordó el aspecto de su mirada, entonces ausente, quizás dubitativa, casi como aquel espacio polvoriento entre dos libros, que atisbaba el lado brillante de la luna a través de su teléfono celular mientras se decía, con esa voz melancólica suya: «algún sentido tendrá la vida, después de todo, tiene mejores planes que yo».

Llovía. Relampagueaba. Retumbaban estruendosas las nubes grisáceas en lo alto, anunciando, poéticas, un largo fin de semana lleno de libertinaje y estrés. Había actividades en la agenda todavía inconclusas. Tarea, eventos, dormir, marcaba la lista. El agua caía a chorros sobre los cabellos alborotados de ella, tocaba sus aretes con forma de flecha, sus pómulos finos. Las luminarias se encendían poco a poco. La brisa pasaba entretanto y con ella un pensamiento de algarabía que le incitaba a releer la frase dicha. Caviló un poco. Esto y aquello, ello, esto, de nuevo.

Fueron pasando los segundos con esa exacta pausa entre dos frases. Las gotas caían sobre el firme, también sobre el libro; las hojas de los arboles flotaban, pacientes, en el aire fresco. Ella estaba sentada en una de las bancas metálicas del parque, en el mismo lugar al que iba cada día quince. Entreveía la temporalidad del espacio a modo de prosa, hablaba consigo misma en tercera persona y esperaba a un amigo a quien no veía desde hacía tiempo. Pasaba el rato admirando la vista que daba la perspectiva. Echaba un vistazo, nada más.

Frente a ella estaba un joven de traje y sombrero cuya presencia se camuflaba con la levedad del contexto. Usaba zapatos cafés. Lo cubría un paraguas azul. En su aspecto, ella habría observado la mismísima cara de la palabra misterio o de una supuesta soledad menester. Eran días difíciles dentro de todo. Individualidades y abstracciones. Gestos en la mirada de la luna le sonrieron también. Había en el mundo cierta dicha de egoísmo, pensó ella, toda vez que los individuos disfrutan del efímero regocijo existente en cada pequeña espera que hacen. Ella no solía esperar más de diecinueve minutos, era ese su carácter obsecuente. Así que miró su reloj repetidamente, preguntándose con eso cuanto sería capaz de esperar él.

Se quitó sus lentes modernos tras un instante. Se tallaba los ojos queriendo dormir un minuto más aunque fuera. Habían sido semanas complicadas. El cansancio regular que acosaba con ahínco su ser estaba en ella provocándole diminutos suspiros. Habían sucedido cosas, por resumir, ciertamente fatídicas y complejas. Había ella sido testigo del tiempo que la miraba de lejos, sentada, seria, con las mismas ojeras ocultando su magnánima y sagaz fuerza interior.

—¿Qué puede hacer un joven bajo la lluvia? —mencionó ella, fugaz.

Sonrió él, cínicamente. No respondió. La observó desde la lejanía, atravesando con su vista la niebla densa que bajaba y bajaba. Eran las ramas de los arboles las que creaban sonido. «Si no saben, no saben, no saben quererte», podía oírse de pronto. Eran los ojos canela de ella que, esperanzados, fijaban su atención en el profundo camino con adoquinado rojizo. Esperaba ofuscada la sombra distante de su viejo camarada entre el agua y el ruido. Se movió dentro de aquel líquido espeso donde la gente nadaba o decía vivir con plena confianza. Vio con punitiva aflicción la luz amarilla en las luminarias del parque, posteriormente su reloj de muñeca. Aún faltaban cuatro minutos para pensar si debía retirarse. Era ella más exacta que el cosmos y más inefable que Dios.

—¿Qué podría hacer una joven ante estas circunstancias? Seguro es la pregunta que ronda a la mente. Sobretodo bajo estas inhóspitas condiciones, con el agua que moja hasta las ganas de hacer y deshacer. ¿Por qué no simplemente resguardarse bajo un balcón, bajo la marquesina de un local por allá o por acá? ¿Por qué no solo ir a casa? Nadie lo sabe, quizás. Hay situaciones en que solo el drama te invade. Como si la vida te viera dentro del cuadro de la cámara fotográfica a punto de accionar el mecanismo, el botón mágico. Un simple clac y ya, una imagen más que almacenar en cabeza y corazón.

El joven la miró con esa melancolía faltante en la vida ajetreada del homo sapiens moderno. Continuaron los truenos y relámpagos. Decoraban la mezcla de blancos y negros en el lienzo del cielo. Niños y niñas pasaban frente a ellos, divertidos, gozando el placer de lo espontaneo. Carcajadas y juegos. Mientras, los padres detrás de ellos resignados a saltar sobre charcos y huir del chubasco, traen a su memoria momentos en que iban por ahí como sus hijos, libres, rebeldes, siendo ellos. Ellos, simplemente, concluyeron ambos después.

Fueron dos minutos los que sucedieron aquello. Un punzante golpe se incrusto en su cabeza tapada por el gorro de su chamarra negra de piel, le hacía pensar que tal vez el clima le había jugado una mala jugada. Importa poco, se dijo en silencio. Sus manos hicieron movimientos en el vacío que había entre dos farolas de fierro, el mismo que había en el antiguo librero. Después, volvió a quedar pasmada. Cerraba sus ojos. Meditaba. Soñaba. Cabía la posibilidad de que la vida hubiese movido las piezas en el tablero de ella. Importaba poco. Solo el sendero, la lealtad, la levedad y lo eterno, lo eran en realidad.

—Espero a un amigo —arguyó ella—. Hace tiempo que no le veo. Partió él a otro país hace unos años, buena vida ha de tener. Hace proyectos para gente importante, creo. Él debe ser uno de esos ahora mismo. Era escritor y algo más, en síntesis. Tenía sus ratos de drama pero también de una rara objetividad. Éramos buenos amigos, infalibles, leales, subversivos de vez en cuando. Puede que la amistad no sea una palabra de esas con las que uno forja banderas. Patrias habrá que se formen con ella. Es tarde, sí. Pudo pasar cualquier cosa. Él siempre llega al minuto exacto y eso me extraña. Tal vez el tiempo le haya quitado esas buenas costumbres. Sonríe casi como esa sonrisa que hace. Me pregunto qué diría si le viera sonreír justo como ahora. Sonreiría también, estoy segura. Solía decir que ese gesto era más bien de sutileza, un sentimiento de grandeza hecho facción. Quizás me creyese si lo viera por su cuenta. Nadie lo sabe. Solo tengo fe en que llegue con bien. Siete años son muchos. Puede que no lo reconozca o él a mí me confunda con alguien más. Los accidentes no suceden cuando entre el caos y el orden hay una promesa. Serendipia*, era nuestra palabra, aunque la verdad era mía. ¿Qué importa ahora? ¿Cuánto puede importar de todos modos? Algo tenía que decirle yo a él. Será para después, supongo, o tal vez nunca. Todo puede ser.

Abrió ella de nuevo el libro rojo en una página al azar. Era la ciento sesenta y uno. Leyó con nostalgia. Las incesantes gotas arrugaban el papel y a la tinta de las palabras las deformaba sin cesar. Alzó la vista hacia la nada, con un ligero nudo en la garganta. Sonrió de cualquier modo y atisbó en la perspectiva el inmaculado infinito, al ver las líneas verticales sin ningún origen observable al ojo del hombre. Había visto la lluvia caer cuando niña, el mismo invierno en que la oscuridad se comía el interior de su departamento. Oscuridad que, como la tromba, no posee lugar de nacimiento.

Habían cruzado miradas ella y el joven al cabo de un rato. Ella disimuló verlo, cual si la pena fuera en ella un impedimento al actuar, y él, sin embargo, se sonrojó para sus adentros, con la elegante paciencia de un hombre que escribe impecablemente en su libreta: «Estabas ahí, hermosa, transparente como el agua que cae sobre ti. Es, quizás, la imagen más noble que he visto. Pues estás ahí, sentada, mojándote, bajo la blanquecina espesura del clima que baja hasta tus plantas para poder elevarte. Como la misma luna que envidia tu aroma, eventualmente tu ser. Tan sincrética. Tan grande y tan enigmática dentro de un panorama de flores y espinas. Ni buena ni mala. Es, seguramente, la imagen que resume lo valiente que eres, todo aquello que camuflas o escondes detrás de esa dulce y recalcitrante mirada que cargas. Desafiante, podría caber como gota al océano. Estabas ahí, he de decirte, como siempre has querido. Ciertamente eres lo que dices sin frases o sueñas sin dormir tras un par de noches productivas, lo veo desde lejos, con gran orgullo y alegría, fe, corazón. Estás ahí, entre las extrañas distancias y las pausas exactas que la lluvia ha provocado en el cuadro a color. Supongo, amiga, que siempre lo has querido saber. Lástima que tú, con tus ojos llenos de agua, no lo puedas ver».

Era ya tarde, como casi siempre, se dijo él. Era el momento, como se dice, puntual. Habían ya pasado los minutos precisos para partir directo al café. Se levantó él de la banca metálica tras romper la página escrita. Se movió hacia la chica, quien suspiraba y contaba los lunares que había sobre su piel. El cielo era ya negro en algunas de sus partes y las estrellas lucían su fulgor apenas a la vista. Estaba ahí, frente a ella, sosteniendo su paraguas azul, insinuando palabras. Dio la nota a ella, hecha origami en un santiamén, y le señaló con las manos la profundidad del sendero, camino que ellos recorrerían otra vez.

Llovía. Relampagueaba. Hacían los sonidos del aire el escenario que hizo falta, tal vez, en el melodramático ayer. El infinito caía. Líneas sutiles. Ráfagas breves. La brisa provocaba temblores. El estrés una utopía que imaginar. Los cristales de los transeúntes como de los automóviles rápido se empañaron y ella, al ver que el albar del fondo era también la hoja en blanco sobre sus piernas friolentas, escribió sobre la penúltima página: «letales, precisas, si, al parecer».

*Serendipia: (no inscrita al diccionario de la Real Academia Española). Proviene del inglés serendipity, y fue utilizada por primera vez por Horace Walpole hará 250 años, cuando hacía referencia al cuento de hadas persa «Los tres príncipes de Serendip», quienes estaban siempre «haciendo descubrimientos, accidentales y sagaces, de cosas que no buscaban».

Fotografía: Sebastián Pérez Rivera