Las mañanas de las noches que bebí

En las mañanas de las noches que bebí,
despierto con nombres,
de mujeres,
de momentos,
retazos de libros,
apellidos de autores
apellidos revueltos de autores que no existen.

Voz ronca y sexy.
Dolor al revés,
es decir, de cabeza.
Ropa arrugada,
existencia lisa.

Las noches de los días que bebí
duermo tranquilo
como si no pasara nada.
Como si el último rechazo fuera el siguiente
como si de verdad no me importara
que se hubiera ido antes,
que no contestara el whatsapp,
que su sonrisa final fuera triste.

Las tardes de las mañanas que no bebí,
se van abriendo desde dentro.
Se van llenando de aire.
De aire caliente que hace sentir frío.

Los días de los días que viví,
se van trenzando lento.
Se van perforando rápido.
Y ellas se vienen pero no se quedan.
Ellas son pero no están.
Y yo estoy siempre.
Soy de los que no se van.
Soy de los que no se vienen,
de los que siempre han estado.

Los días de las tardes que no bebo,
Son luminosos y llenos de gente.
Las calles más alborotadas.
Las manos más automáticas.
Las puertas más ligeras.
Los rayos en los ojos.

Las mañanas de las noches que bebí,
vuelven a ser dolorosas,
como los nombres que no quiero recordar.
Como las lenguas que no quiero pronunciar,
ni besar,
ni apretar, ni acercar, ni atiborrar, ni atizar, ni a ti ni a
nadie.

Las noches de los días de mi vida
se van.

Fotografía: Quentin.Ø’Malley

Guardado en Colaboraciones

Viajero en búsqueda de la aventura que no existe, acampa en desiertos, bosques y selvas. Recorre por las noches las letras de su antigua máquina de escribir para descubrir las narraciones que le son reveladas en el humo que emana de sus cigarros. Lector ávido de un argentino llamado Julio que le ha otorgado el delirio de soñar sobre papel, seguidor de un gringo de nombre Ernest al cual imita en su sed etílica para mostrar la realidad. Poeta de narraciones cotidianas que hace mágicos los objetos con los que convivimos a diario. Conservador de la antigua tradición de narrar lo que le acontece en su día a día sin más afán que el de seguir contando historias. Todo ello se amalgama para crear en su espíritu a un escritor que quiere hacer verosímil lo absurdo del mundo.