Las habichuelas de Juan

No hubo nunca nada para Juan más importante que sus habichuelas. Desde niño las cuidó con esmero y ansiedad, evitando que nada las maltratara. La atesoró como nada en el universo entero a cambio prácticamente de nada. Juan era torpe y nervioso y eso le impidió usarlas como se debía. Ahí las tenía colgadas en su bolsita, sin separarse de ellas. Sabía que abandonarlas le traería una gran desgracia. Un infortunio atroz, del cual no quiso nunca hacerse cargo.

Pero la vida no es tan seria nunca y un día tuvo que entregarse. Las habichuelas estaban lo suficientemente maduras y confió en ellas. Llegó temprano al restaurante para armarse de valor y se tomó un vino. Antes de que ella llegará fue al baño a acariciar sus tesoros deseándose él mismo mucha suerte. Sentado, solo todavía, pensaba mucho en sus habichuelas. En lo poderosas que eran. Ella finalmente lo saludó con una sonrisa elástica. Él no sabía si eso era algo bueno o malo. No supo cómo interpretarlo y se inquietó al grado de temblar junto con sus habichuelas. Osciló por completo, pero recordó que había ido al baño para que las cositas hicieran su magia.

Salieron del lugar tomados de las manos y besándose sus bocas. Hasta ahí todo iba de maravilla. Cuando llegaron al cuarto de hotel, ella entró al baño. Juan se sentó en la orilla de la cama, suspiró y volvió a sobar sus habichuelas buscando algo de paz. Ella salió desnuda y dispuesta. Él le miro las tersas lolas y sintió cómo todo se le iba para adelante. Nada podía esperar. Se sacó los zapatos y los calcetines. Sintió miedo, pero sacó las habichuelas en su bolsita arrugada, se levantó y las puso en el buró junto a la cama. Esa tarde a Juan le abrieron las pinzas. Se proyectó hacia ese cuerpo que veneraba y lo envistió sabiendo, que toda la confianza en sus habichuelas, lo habían coronado.

Fotografía: Sasha Mademuaselle

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Darío Bracho

Lo que no mata no sirve para nada. El lobo que no se come al cordero no entiende su naturaleza de lobo. El cordero que no se deja comer no entiende tampoco su naturaleza de cordero. A Darío Bracho no le gustan los lobos ni los corderos porque no sabe si irle a unos u otros. Lo que sí sabe es que el le gusta el vino tinto y el chocolate. También le gusta el cine, el viejo, el de Antonioni y Bergman aunque sabe perfecto que ya nadie ve esas películas. Nació en la Ciudad de México cerca de Tlatelolco. Tlatelolco le gusta mucho y cada vez que truena con alguien va a emborracharse a las calles de la colonia Guerrero pensando en Saúl Hernández de Caifanes. Sí él, salió, porque uno no va a salir. Leyó a Rulfo y le gusta. Leyó a Octavio Paz y no le gusta. Le gusta Facundo Cabral y las muchachas en abril. También, por su puesto, la María en el trigal. Sabe que “La estaca” es una canción española y que hay que sacarla para liberar el coche. Con eso basta. Podría cumplir, cincuenta años, qué más da, como el personaje del poema “Límites” de Borges. Podría salir con cualquiera. Es trovador y licenciado. Le gusta romper piñatas.