La sonrisa de Hank

Amanecí tumbado en la cama boca abajo. El reloj marcaba las once de la mañana y el viejo Hank ya llamaba a la puerta. Bajé las escaleras con una calamidad por dentro como la de una boa tras comerse un becerro.
-¿Qué hay, Hank? —dije, mientras el sol entraba de lleno en mis pupilas. Era casi insoportable, el alivio venía del doce pack que sujetaba el viejo en las manos y con una singular sonrisa en su rostro. No era usual verlo sonreír cuando cargaba cervezas, para él siempre era un asunto serio. -¿Sucede algo malo? —pregunté. Nos sentamos en la sala y destapamos nuestras cervezas.

-No lo vas a creer, Charly, el idiota de enfrente salió al patio trasero con su mujer en turno a tomar el sol hace un rato —dijo, tomó un sorbo de la cerveza y volvió a sonreír. Me intrigaba la maldita sonrisa del viejo Hank, ya comenzaba a molestarme. Además la cerveza se bebe a tragos, no a sorbos.

-Hank, a todas sus mujeres les gusta quitarse el sostén, el idiota ese siempre les dice que nos de un breve show. Y ya quítate la sonrisa porque me da ganas de darte un puñetazo en la cara —sentencié, con un gran trago de cerveza como debe de ser.

-El idiota se metió a su casa después de unos minutos, quedó sola y me vio en la ventana, alzó su mano y me saludó, Charly. Me puse más duro que de costumbre cuando ella comenzó a jugar con sus pechos mientras me sonreía.

-¿Y el idiota?

-Supongo que tenía diarrea o vino algún prestamista ¿yo qué diablos sé? El caso es que la mujer llamó a mi puerta trasera. Cuando le abrí se me abalanzó, Charly, se me abalanzó.

-¿Y bien?

-Olía a piedra, pero su piel era aún joven.

-¿Te la tiraste, Hank, o no?

-No.

-¿Entonces por qué traes esa maldita sonrisa, viejo?

– Porque le estaba agarrando las nalgas y de pronto sentí un pequeño paquete en su bolsillo trasero, era coca. De inmediato se la quité sin que diera cuenta. Comencé a toser, ya sabes, como si me diera un ataque sofocante, como si me fuera a morir. Me quité a la mujer del idiota de encima y le cerré la puerta mientras le hacía señas que después la veía.

– Ah, ya veo… pagaste la renta ¿verdad?

– ¡Salud!