La quiero, la amo

La quiero, es verdad, como se quiere a la luna. La amo, sin más, como se ama la libertad. La quiero, más bien, como se quiere al hogar, donde alguna vez fuéramos niños, durmiésemos a ratos y jugáramos, impacientes, con el azar. La amo, como quien ama a la patria que alguna vez dio cobijo, dentro de intensas noches llenas de violenta celeridad y hosco silencio. La quiero, como se quiere a las estrellas, a las nubes, a los pinos y la brisa. La amo, como se ama el recuerdo de alguien que un día fuera. La quiero, les digo, como se quiere al olvido. La amo, como quien se hunde en la profana oscuridad de un corazón perdido. La quiero, tal cual el agua al río. La amo, con la misma precisión de un sonar tranquilo, a través del aire, golpeando ya mis mejillas de viajero al pasar con sus melodías tiritantes. La quiero, quiero decir, como se quiere a un amigo. La amo, como se ama, o debería amarse, a quien extiende su mano y nos devela el camino, toda vez que nos muestra el distante y ciego clamor de un momento ceremonioso. La quiero, como se quiere el mañana. La amo, como se ama el ayer. La quiero, insisto, con el dolor de quien cose una herida y la esconde a los otros. La amo, como quien ama una piedra que encontró casualmente y que guió sin querer. La quiero, como se quiere el retrato transfigurado de una persona, en quien depositamos, mejor dicho, nuestro propio reflejo. La amo, como se ama a un paisaje, un lugar, una puerta, un detalle, o simplemente como se ama a alguien. La quiero, como se quiere a lo etéreo. La amo, ciertamente, como se ama una promesa. La quiero, como quien encuentra una hoguera en lo que es una brasa. La amo, como quien encuentra una esfera de queso navegando en la galaxia. La quiero, sin querer, pero la quiero, con pasión, con celosa y taciturna iridiscencia, con menuda adrenalina, con suma calma. La amo con inconmensurable resiliencia. La quiero, con tremebunda serendipia y limpia efervescencia. La amo con inmarcesible ataraxia. La quiero con orgullo por insospechable paciencia. La amo. La quiero, como quiere el corredor a la gota de sudor en su frente. La amo, como se ama a la traición y la melancolía. La quiero, a ella, por su valiente y sagaz espíritu que llena de arpados sueños. La amo, por su implacable y suave ejercicio: el de difuminar los límites con su arcana sonrisa de mujer inefable. La quiero, por entreverme en su forma y sentir el sacrificio de sus pies vacilantes. La amo, como quien ama el misterio, el secreto detrás de un muro diáfano, cuyo efecto en nosotros, en todos, da indicios de un recorrido ávido en las órbitas del maravilloso universo, con sus dudas y agobios, con sus pausas y risas, con sus gestos de miedo. La quiero, porque es imposible no querer a quien es grande, magnánima, noble y también atrevida. La amo, como quien ama en el cielo un rayo de luz pequeñito que calienta lo verde. La quiero, entre otras cosas, por el estilo que lleva su lenguaje a veces incierto, a veces perfecto, a veces azuroso, por la comisura que hace al abismo la miel de sus ojos, por la tragicómica y a la vez seria sinrazón de sus trazos, por la pletórica reflexión de sus errores al cabo de una caída, o dos, por la perenne limerencia con que se desenvuelve, por su inusitada belleza. La amo, pues, como se ama a un poema: palabra que rompe en mil pedazos nuestro propio infierno. La amo, porque es ella un lucero, una pregunta, un acertijo, llama y vacío, insoslayable despiste, un caminar confundido a través de las fibras de un aventurero tiempo. La quiero, porque es imposible negarse, aún con todo, a quererla. La amo, como se ama a lo efímero. La quiero, aseguro, entre trigales y fuentes. La amo, sin decirle a veces que la amo con mi pensar dividido, con mi endeble bagaje. La quiero, como se quiere el liderazgo de un alma ante las fuerzas de un contexto sombrío y en el cual ella reluce su tacto elegante. La amo, porque amarla a ella es como amar la vida, como amar la magia, como amar el arte, y su suntuosa manera de transformar el día a día, con el seductor hechizo que implica hallar y reconocer en lo negro, la alegoría de una historia, la huella de un atractivo, la escultura naciente de un sol caído, la ventisca dibujada en la arena de playa, el fugitivo beso oculto en el murmullo mugriento, el ignoto momento que va desapareciendo. La quiero, como quiero también a lo que entra a mi magín, causando caos con su orden. La amo, afortunado, simplemente porque la amo, porque su amor siembra en mi campo sus flores, porque rocía con su encanto una catarsis constante. La amo, porque amarla es un fascinador reto, un infinito perderse y encontrarse. La quiero, como quiero una ola, como se quiere a la tierra. La amo, no obstante, como se ama a la guerra. La quiero, así. (La quiero, porque quiero quererla, aunque un día, sin embargo, ella ya nunca me quiera).

Fotografía por Stanley Bloom