La parte de la novela que nunca escribí

Subió ella por las escaleras de servicio hasta llegar a su departamento. Bebió un trago de café caliente y entró a su recámara, donde la perspectiva permitía ver las luces de la ciudad a lo lejos, descifrar las formas con las que la arquitectura se emplaza y oler, de pronto, la alusión de un evento poético que se disipaba de su interior.

Era aproximadamente la una de la mañana. El año nuevo venía con sonrisas alegres, enamoradizas e insulsas. La sensación era buena dentro de lo que cabía. El frío era aterrador. La única opción de obtener calor era cubrirse bajo cobijas rojas con vivos en blanco. Justo como ella, quien se tapaba por la noche entre sábanas de nochebuenas y colchas color beige, escondiendo su cuerpo tembloroso en un mar de oscuridad que solo le dejaba pensamientos iguales: sombríos, taciturnos, llenos de una intensa contrariedad.

La noche silenciosa y el peligro de la calle se postraron ante las miradas cansadas de los pobladores. La violencia y la sensación de misterio inundaron el cuerpo de Ana Bernabéu mientras su mente comenzaba por formar frases noveleras en su cabeza creativa. Sintió el rubor de la hora. El aburrimiento, producto del cansancio, atiborró sus ideas creando escenas dignas de una novela pasional. Siguió pensando, transformando el vacuo contenido de su imaginación hacia un contenido más intenso, por decir a lo sensual, a donde la piel podía erizarse con el soplar del viento y los cabellos podrían emitir aquella electricidad propia del roce de cuerpos.

El frío era devastador, lo notó ella. Sus palmas estaban tan heladas como siempre. Las cobijas no eran suficientes ni la luz era realmente buena. Con ello su pensamiento se volvió abstracto, repetitivo. Casi como si pudiera escuchar a sus latidos detenerse y sincronizarse con el tic tac del reloj de pared. Aquello le hizo pensar cual si fuera niña, en juguetes y el placer de correr por los campos de maíz que visitaba en verano cuando su abuelo aún vivía. Continuó sin pena. Vació sus dolencias. Estaba apenas cubierta por una bata de tela que transparentaba su cuerpo entre el juego de sombras que la luminaria de techo esbozaba. Le rodeaban muros bajos y la brisa nocturna.

Apoyando sus pies —también fríos— en la almohada, miró uno de los cuadros de la recámara. Quiso ser tan autónoma como leve. Meditó sobre sí, sobre las plantas, sobre la aurora que bordeaba el aire y le provocaba conmoción. Pero era inútil. Pensó en él tan pronto como pudo, en su amor o en su fantasía pueril que tanto gozaba recordar a altas horas. Aun cuando desabotonó su bata buscando comodidad, se vio a si misma con calidez, poco después de reconocer sus pómulos ruborizados y su tacto liviano sin querer. Eso le trajo satisfacción. El calor reventaba su mente con tacto suave pero lento. Empezó a ver las flores en el parque, las pocas nubes en el cielo y a las personas caminar por la calle desde el balcón de su recámara, queriendo que la vieran libre, ligera.

Miró las abejas ir por el polen, escuchó voces venir del departamento adjunto. Se recostó sobre la cama al cabo de un instante, cerrando sus ojos y palpando su cuello. Acomodó la almohada, la que él usaría en una noche normal. Comenzó a imaginarlo, sonriendo, con esos gestos masculinos y aquella mirada picara reconocible, moviéndose como solo él podía, con esa figura atlética y esas facciones en su sonrisa cautivadora; como un corredor que caza la meta. Atento. Concentrado.

Pasó el tiempo y el frío dejaba de calar hondo en los huesos de Ana quien, en sus intensos deseos, suspiró con ahínco, inhalando a bocanadas largas el oxígeno que tanto le hacía falta. Imaginó de muchas formas el aroma de la primavera y las espinas de los árboles, hasta que sensitivamente la oscuridad le invitaba a conocer su cuerpo y reconocerlo sin poder verlo completamente, sino solo pensar en el espacio cual acertijo, cual duda. Como si de algún modo el contexto le invitase a llevar sus yemas heladas por su piel cálida, buscando un cobijo pausado que parecía no existir todavía dentro de ella.

Al pensar en él, su cuerpo se erizó por completo como nunca antes. Cierta humedad llevaba a sus gemelos a moverse. Las vibraciones del sonido acercaban sus manos frías por sus hombros y sus pómulos rosados, después de haber rozado sus rodillas, tobillos y piernas, en ese orden. La cobija tenía la temperatura correcta entonces, al igual que sus talones y sus muslos, se calentaban de a poco en tanto que aquellos dedos contaban con delicadeza los lunares que había en el camino de su mentón a su abdomen. Sus clavículas con sutileza se acentuaron mientras su mente reproducía imágenes de él haciendo movimientos bruscos, de hombre, con aquel fuerte semblante e inmaculado espíritu. Pasó de tocarse la comisura de sus huesos a reconocer sus pechos suaves que solo podía ver al espejo en las mañanas, cuando salía de bañarse. El viento golpeó la ventana. Ella pronto se distraería al escuchar el estruendoso sonido de un algo que acechaba su mente, como un pecado. Se imaginó, por lo tanto, bajo un contexto diferente, atestado de ideas que conminaban su aburrimiento a la par que aquellos bordes curvos acrecentaban la duda inicial que ella estaba respondiendo al escindir la dualidad. Lo imaginó casual. Imaginó estar con él en una tarde veraniega en cualquier lugar, en una playa o bien en un cuarto iluminado, imaginó que sus labios besaban los suyos con fuerza pero bien livianamente. Pensó en él primero, con tal cariño y amor que no paraba de abrazarlo y besarlo en su mente. Pero la situación, ella sabía, daba a pensar otras cosas.

Se sentía sola, frágil a ratos. Reconocía con sus yemas la profundidad de su piel, punzando la ternura de su ser y accionando un mecanismo fácil de hacer ella sola. Un ir y venir de sensaciones. De lento a rápido en un santiamén. Estar con él en una cama, un sillón, hasta el piso frío de mármol o de concreto parecía una cosa absurda. Recreó una escena trivial, de esas que ponen en las películas ochenteras, en las que el erotismo resulta solo insinuación.

Reconoció su cuerpo con su boca, con sus labios húmedos, saboreó su interior y robó su alma un suspiro de terror que le dio para sentirse llena por un segundo. Sus palmas se empaparon de un sudor apenas reconocible. Hizo ella una pausa. Eso le llevó tiempo de duda, de profundo misterio. Le produjo sensaciones variadas que rondaban la excitación y la sensualidad; eso que daba el olvidarlo todo, en reiniciar su sistema y volcar su mente apenas sus manos tocasen su suave vientre y su parte más femenina. Quiso que la vieran desnuda sin verse desnuda. Que la tomarán de una de sus prendas, quizás. Imaginó recorrer con sus manos aquel cuerpo grueso pero tierno que veía al espejo siempre sonriente. Pensó que él estaba a su lado, instándole a abrirse de un modo nunca experimentado en carne propia. No podía pensar en más, ni la noche era tan grave ni la luz era suficiente. Con una fuerza viril sintió que la tomaban de las caderas, que cada parte de ella respondía con ese romance retador y enigmático, propio de la edad y el juego, de la magia y el encanto. Quiso que la tomaran de inmediato, que sus cuerpos se conectaran y apretaran fuertemente sus hombros echándoles hacia atrás en tanto la electricidad dicha se ocultaba entre sus piernas. Solo su sentido del tacto afirmaba tal cosa. Un cuerpo sobre el espacio infinito, sobre el gozoso deseo, sobre el dichoso paraíso.

Quería sentir algo dentro de ella más allá de una emoción. El romance la asustó. Un gemido, quizá dos, se habían escuchado entonces en aquella recámara blanca cuya ubicación asolaba a Ana de la complejidad del mundo, mientras ella punzaba con sus uñas sus pechos redondos y tarareaba rítmica una melodía del corazón.

La contradicción del amor que lleva a un gesto insensato a sus cabellos hizo un pequeño nudo y a sus pies un minúsculo shock. Eso llevo a más, quizás. Sus piernas se flexionaban una y otra vez repitiendo la misma canción. Siguió pensando en él, lo vio cantar con suavidad, mirándolo a través de sus sueños con ese deseo jovial, lleno de un enérgico pundonor que solo ella, en sus adentros, podía cavilar.

Quiso que la tomarán cual si fuera juguete de otoño, de esos que avientas al suelo y chocas contra la pared sin importar a que se rompa. No importaba que fuera frágil. Solo de ese modo se sentiría leve y libre. Verlo sudoroso, con vigor, con ese ritmo digno de una noche de amor era utopía o tal vez una clara lección. Tan transparente como el agua, como su tierna disposición de vivir, se sintió conmovida, excitada, entre sábanas de seda y aromas humanos con un parecido a la fresa o al alcohol. Su cuerpo tocaba su cuerpo con emoción indigna, liviandad extrema. Desde sus pulgares temblorosos hasta sus poros vaporosos.

Imaginó sentirlo tras una pausa larga. Imaginó verlo moverse como si viera una película pasar por sus ojos cristalinos en cámara lenta. Ver su rostro deseoso y su éxtasis a flor de piel era aquel guion digno de admirar, pero más de sentir. Siguió con sus clavículas, sus piernas y sus pechos, sus tobillos, sus caderas y sus hombros, pasando antes por su vientre y sus labios mojados en los que su dedo índice entraba y salía por alguna razón. Otro gemido, quizás dos. Su cabello negro y ondulado se alborotaba. No paro de pensar en esto y en aquello; en él. ¿Qué más que imaginarlo con tal fuerza, con tal suavidad, con ese sincretismo que solo una pareja podría concebir en realidad? Aquel impacto, aquel movimiento, aquel deseo y aquella sensación amorosa que solo le daba para pedir «algo más» que el simple roce de cuerpos y el fino detalle de un orgasmo jovial, le impedían sentir los minutos pasar tras uno y otro grito de complacencia. La temperatura importaba poco, al igual que la puerta del balcón abierta. Nadie la veía. Tal vez alguien la escuchaba. Imaginó tanto, tanto y tanto, que por un segundo olvidó lo libre que era dentro de una habitación conquistada por el placer.

Justo a un lado, junto a un Cézzane, había un espejo, inmóvil como una estatua, reflejando el arte que provocaban esas curvas moviéndose y esa suave piel estremecida. Como si las ondas del sonido se materializaran al cabo de un gesto sensato, del tacto divino. Solo esas ondas que se disolvían dentro de esas cuatro paredes. Imaginar tanto era también crear una pausa. Había olvidado, tras sentir el filo de la bata adherirse a su piel, que estaba fabricando amor para sí entre la luz de aquellas oquedades prohibidas, que invitaba los besos de miel y las caricias atentas, aun siendo inconscientes, cuando en sus sueños se producían magnánimos eventos del ser, aun cuando el contexto conminaba contra su soledad menester.

Fotografía: Kevin James Neal