La mente es la muerte

Si la muerte viene y pregunta por mí, haga el favor de decirle que vuelva mañana.

Van como once meses que no respiro, y no es casualidad, pero siento que alguien ha venido y me ha robado la esencia. Es complicado explicarlo, pero por alguna razón desconocida ya no me encuentro, mi personalidad corpórea se ha fusionado tal vez con la atmósfera de otra dimensión, quizá, no sé aún cómo decirlo.

Hace unos días, tres para ser exacta, vislumbré manchas color muerte en el cielo: poseían formas de rostros que pertenecían a asesinados en la Primera Guerra Mundial, y lo sé porque bajaron por la enredadera del patio de mi casa imaginaria, me escupieron y lamieron con ese olor fétido de rata atropellada.

Ayer por la noche sentí mucha comezón, creo que no soy yo, de verdad, alguien vino y raptó mi mente, pues, como lo decía al principio, siento cada vez más que pertenezco a otro sistema. Por ejemplo, esa misma noche, pensé en balancearme en una hamaca, cuando de pronto sentí un calor infernal en el círculo ocular. Retrocedí de mi lugar inicial, volteé a la derecha y me desmayé.

Aquella noche, me miré tirada en un piso rojo grana del cual emergían olores repugnantes y sauces podridos fijaban sus ojos aceitosos hacia mí. Acaloradamente examiné la zona circunferencial en la que me encontraba y no vi más que bocas negras, abiertas para tragar y más sauces que me rodeaban.

Después de algunos minutos me di cuenta que estos árboles no paraban de brotar, pero lo que no sabía era de dónde nacían. Apresuradamente busqué la forma de escapar de ese lugar, lo cual era casi imposible debido a mis intentos cada vez más fallidos. Esto comenzaba a asustarme, pensaba mientras los sauces se acercaban a mí. De pronto, detrás de los árboles terroríficos emergieron los rostros de los asesinados que mencioné anteriormente, estaban sangrados y tenían ese olor pútrido, mismo olor que al parecer, todo lo que yacía ahí lo poseía.

Aterrada, busqué la manera de irme. Luego de un tiempo indeterminado, supe que ese lugar no era físico, por lo que sospeché que la única manera de salir de ahí era estar inconsciente. Comencé a autoflagelarme: me golpeé en la cabeza tantas veces que en mis manos quedaron partes de mi carne, también, laceré mi nariz y orejas, pues mi meta era morirme.

Con la carne ardiendo saliendo de mí, y la sangre brotando a chorros, comencé a dudar si estaba dormida en el sueño de alguien más, o quizá en uno mío. Como no lograba mi cometido, el cual era morir, trocé mi lengua y me saqué los ojos, pensando que con eso era suficiente para partir. Pero no. Seguía viva.

De repente, sentí en lo que me quedaba de piel, unas manos pegajosas que me conducían a algún lugar. Aliviada pensé que la muerte había llegado y que por fin este viaje ya había culminado, pero no. No logré irme, seguía viva.

Ahora, no sé en dónde estoy, ni qué soy. No tengo ojos, lengua, ni orejas. Tampoco siento la piel de mi cabeza, y mis ojos están fuera de sus cuencas. Creo que me he perdido en algún lugar oscuro y vacío. Creo que tuve demasiados pensamientos en la dimensión conocida, y ahora que estoy aquí, en no sé dónde, me obligan a tener más y más ideas excesivas.

Hoy más que nunca quisiera sentir la muerte. La vida en este lugar es sufrimiento, ni siquiera puedo orinar. Vivo con la constante sensación de mi vejiga llena de orín. Es más, hoy pienso que yo soy uno de esos sauces malolientes y que el olor putrefacto viene de mí. No, creo que no soy uno de esos árboles, soy todos. Y que ese olor rancio viene de mi frente.

Creo firmemente que nunca viví en otro lado, y este siempre ha sido mi lugar. Que nadie vino y robó mi esencia, nunca la tuve. Jamás me encontré, ni tampoco me busqué. Creo que anhelo de más. No me dejan morir, vivo muerta o muerta vivo. Ya sé, siento que yo soy todos los muertos y heridos de este y todos los lugares. Sí, yo soy todos los muertos de esta y otras dimensiones.

Quiero sentirme bien, quiero sentirme bien, quiero sentirme.

Fotografía: (x)99.