Inglaterra

Con ella jugué en un parque como si fuéramos niños otra vez, en la arena, en la mugre de los columpios y los resbaladeros, en la humedad del pasto. Y lo disfrutamos. Por ella he aprendido francés. Carlota no sólo me hacía una mejor persona, me hacía esforzarme por ser una mejor persona. Quería estar allí, quería durarle para siempre, para poder estar ahí para ella. Eso es el amor. El amor es esa persona que te hace amarte a ti mismo, que te hace querer hacer más ejercicio y comer mejor y preocuparnos por nuestra salud como generalmente no nos importa, para poder estar ahí para ellos. Para que no nos de un infarto a los cuarenta años, porque eso les rompería el corazón. El amor nos hace querer vivir para siempre, para estar ahí para la persona que nos necesita.

Carlota no tiene vida eterna, como todos pensamos. El destino es simplemente una cosa horrible, que nos da todo lo que deseamos, nos lo entrega todo sin condiciones, nos permite ser completa y

ab

soluta

mente

felices, y no nos prepara para la realidad espantosa de la vida: que todos nos morimos. De haber sabido el dolor que sería perderla, quizás habría preferido no haberla conocido en primer lugar.

No lo sé, depende de cómo veamos la vida. Carlota no compartiría mi pensar. Ella estaría agradecida por esos momentos que sí pudo pasar conmigo y no deprimida por todos los que ya no tendrá. La vida y la muerte, (y el amor, de pasada), son lo que nosotros queremos que sea. Eso me lo enseñó ella. Puedo pasar aquí frente a ustedes horas y horas describiendo todo lo que ella era como persona y todo lo que ella era para mí, pero no tenemos el tiempo ni el corazón para soportarlo.

Yo no sabía que era una parte importante en mi vida. El amor que le llegué a sentir me hizo dejar de lado todo lo que por mí era y comencé a quererlo todo para ella. Dejé de importarme por comer, me importaba que ella comiera. Dejó de importarme dormir, dejó de importarme abrocharme los botones de la camisa: solo quería pasar más tiempo con ella. No me importaría jamás volver a escoger una película en el cine, mientras sea con ella con quien las veo.

Carlota me enseñó un lado del amor que nunca antes había visto yo. Toda mi vida giraba en torno a ella, en torno a su figura, a su mente, a su carita linda, a su sonrisa. Nada me importaba más que su felicidad, yo lo hubiera dado todo por ella.

Llegué a pensar que los días nunca serían suficientes con ella… y tenía razón. No creo que una vida infinita alcanzase para mostrarle al mundo quien ella era en realidad; era un universo completo. Llegó a ser muchas cosas para mí. Mi princesa. Mi salvavidas. Mi lucha. Mi estrella. ¿Qué hice yo para que el destino me la presentara? ¿Por qué yo, su último merecedor?

He escrito sobre ella porque he querido que nunca muriera. Fui soberbio. Escribí sobre cada minuto que pasé con ella y cada palabra que recuerdo me dijo y cada vez que tuve el simple honor de mirarla ser.

Carlota murió en circunstancias extrañas, tan extrañas como ella. Me rehúso a guardarle rencor a quien sostenemos como culpable, pues Carlota me enseñó a no buscar culpables. Pero creo firmemente que no dejó asuntos sin resolver. Carlota vivió cada segundo de su vida en libertad, en eso que sólo pocos conocen y a lo que todos le tenemos miedo. Estoy seguro de que nada le quedó en la tierra pendiente por hacer, pues ella nunca se quedaba con las ganas de nada.

Nunca supe, ni voy a saber si ella sentía por mí lo que yo sentía por ella. Nunca supe si tuve alguna vez la oportunidad de amarla, de ser para ella esa persona que tanto anhelaba, de ser la persona que la haría feliz por el resto de sus días, incluso los días en los que, de nuevo, llegara yo a casa y estuvieran Woody y Buzz en el televisor, incluso esos días, en los que Carlota era inevitablemente triste, esos días estuviera yo para acompañarle en su tristeza.

Yo tuve exactamente doscientos cuarenta y cuatro días de ella; no la vi ni estuve con ella absolutamente cada uno de ellos, simplemente fueron doscientos cuarenta y cuatro días de mi vida en los que estuve consciente de su existencia. Esos pocos días, (poquísimos) me fueron suficientes para saber que yo no sólo quería, sino que era mi propósito escrito en el despiadado destino estar ahí cuando ella necesitara un tenedor más chiquito, para llevarla al circo, para abrazarla cuando hubiese lluvia, para llevarla a la cama cuando se queda dormida en la sala y, sobre todo, para llevarla por todo el mundo a que encontrase el mejor helado de vainilla.

Estoy seguro de que Carlota murió haciendo exactamente lo que quería estar haciendo en ese momento. Quizá estaba cantando su canción favorita, quizá estaba comiéndose un helado, quizá estaba bailando. Estoy seguro de que murió como vivió. Carlota, je serais toujours ici pour toi.

Me dejó una nota antes de irse la última vez la vi. No la encontré sino hasta después de enterarme de su muerte. Decía, gracias por hacer tantas cosas por mí. Carlota, yo no hacía por ti nada que no merecieras, nada que no fuera un honor hacer, ni nada que pudiera remotamente acercarme a serte más merecedor. Carlota, es un placer hacer cosas por ti.

Carlota, tú fuiste la luz que iluminaba mis días más oscuros durante todo el tiempo que tuve el honor de conocerte y de estar contigo. Mi mayor sueño desde el momento en que empecé a escribir sobre ti, fue que todo el mundo pudiera conocerte. Quería que todos supieran que existía un ente en el mundo más valiente que todos nosotros: se atrevía a ser. Tú debiste ser una inspiración para todos los que ya perdimos la esperanza, la humildad y el corazón. Tú no merecías la muerte que el destino te otorgó. Pero, de nuevo, muchas cosas que no merecemos llegan a nosotros. Carlota, yo no te merezco, pero le estoy eternamente agradecido a quien tenga que estarle por haberte puesto en mi camino. Y esta es la única razón por la cual tu muerte no me pegó irreparablemente en el alma, por la cual no deseo morir pronto para estar contigo de nuevo, sino vivir aquí, en la tierra y asegurarme de que nunca te extingas.

Carlota, te lo debo. Debí decirte que te amaba desde el día en que me di cuenta, debí decírtelo muchísimo antes, y ahora cargo con la pena de dos almas quizá destinadas a ser, que nunca conocerán la verdad. Carlota, fuiste mi cielo, ese en que sueño volar, fuiste la estrella que me guía cuando estoy perdido, fuiste mi muñeca, con quien siempre quise estar, fuiste mi defensora, mi cariño, mi estéreo en el que sonaba Won’t you come over de Devendra, esa que tanto te gustaba, fuiste mi relojito solar por la noche, fuiste mi tormenta, mi refugio, mis siete mares, mi Inglaterra.

Fotografía: Dennis Zhu

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nude morra

Nude morra es escritora y persona con hipersexualidad clínica. Tiene más dinosaurios y libros que amigos, habla siete idiomas y los siete los habla mal. Su banda favorita es Oasis y las películas de Tom Cruise son su debilidad. Si la ves por la calle, cómprale un helado de vainilla. Sígueme en Twitter: @nudemorra