Golden skin

Aquella noche besaste la comisura de mis labios para no volver jamás. Fue un otoño intenso y ácido, de flores marchitas, palabras al oído y música aleatoria. Nunca me sentí más segura con alguien como contigo, -pensé antes de querer decirlo-, no me atreví. Es una frase para desarmarse frente a alguien en tres segundos, iba en contra de mi naturaleza decírtelo.

Era un edificio de concreto pulido con muchos pisos, puertas como de sociedades secretas y pocas personas habitándolo. Mientras todos viajaban, nosotros nos aislábamos del mundo por días. Nos besábamos hasta las paredes de un piso que se sentía nuestro. Recuerdo que apoyabas tus pies fríos sobre mi espalda y me leías letras de canciones entre lapsos de silencios orgánicos, nada incómodos.

Subíamos las escaleras corriendo mientras me jalabas de la mano, subíamos porque nos gustaba ver como se fundía el atardecer en una paleta de colores más sombría y nos echábamos al piso a mirar las sobras de las estrellas y escuchar los caóticos sonidos del ambiente. Usábamos abrigos, gafas y la piel desnuda para platicar en la azotea, aventaba piedritas a la ventana de los vecinos, tú mordías el lóbulo de mi oreja.

Jugábamos a Jane Birkin y Serge Gainsbourg, bañándonos en ginebra en una tina muy vieja, esperando no electrocutarnos con las luces de la ciudad. Los momentos eróticos para mí duraban siglos, para ti era en tiempo real. Nos negábamos rotundamente a los clichés aunque nos jalaran de las piernas casi sin darnos cuenta. Cerraste mis ojos con tus dedos, decías que era nuestro método para teletransportarnos.

De pronto, amanecíamos en otra parte del mundo con el sol de invierno en la cara, también teníamos poderes para cambiar las estaciones. Aún puedo oler la guerra de pan francés que dejamos en la alfombra, nos llenábamos de miel los dedos y metíamos las manos en glitter mientras cantábamos “Cry me a river” de Julie London.

Fotografía por Denis Ryabov