Freud murió y seguimos soñando

Le temo a esos sueños en los que volvemos, y me dices: te extraño, te amo, esta vez sí volvamos en serio, y luego nos besamos. Siento tus labios como una suave almohadilla de la que nunca me quiero despegar. Y entonces corremos por las calles, jugamos, nos reímos, me conoces y te conozco, me enojo por bobadas y te haces el consentido, te abrazo y pido disculpas por mi mal genio. Caminamos de la mano y el día nunca termina, pero el sueño sí.

Me dan miedo esos sueños porque son el presagio más claro de que no te veré en un buen tiempo. Porque ya me ha pasado antes, sueño esas cosas, y en la realidad, el protagonista del sueño desaparece por un buen tiempo. Y yo vuelvo a sentirme incómoda, porque en el sueño la comodidad y la tranquilidad eran imprescindibles. Ahí estabas tú, con tus bromas, tus inquietudes, tus juegos, tu sentido del humor, tu aventura y tu curiosidad, pero también estabas nuevamente echándome la culpa por mis actos anteriores que hacían que tú te comportaras de alguna extraña manera.

En el sueño encontré una especie de desahogo, te dije que no sabía quién eras, porque ya no sabía por qué actuabas así, no sabía ya nada acerca de tus reacciones ni de tus pensamientos, no podía acercarme a nada de ti porque ya no te conocía. Tú sólo me respondiste que era gracias a mi que te comportabas de cierta manera.

Mi familia nos vigilaba con sigilo, mi madre me lanzaba miradas de decepción al verme hablar contigo y doblegarme nuevamente, y mis abuelos sentados en una silla de madera en un parque, sabían lo que pasaba, yo sabía que ellos lo sabían, y podía saber que estaban pensando que otra vez estaba tomando malas decisiones.

Pero luego de explorar la feria que había en ese parque, haz de cuenta un Comic Con pícnic (rarísimo), en un parque enorme y bohemio, se llegó la noche, corríamos extrañamente, como lo hizo Phoebe en un capítulo de Friends, y te dije lo bien que se sentía correr y andar así por la calle, me dijiste que sí, que nos sentíamos libres, mientras nos estrellábamos con artistas contemporáneos haciendo bailes extraños. Finalmente, llegamos a una tienda erótica a la que entraste corriendo muy emocionado, a mi me pareció perturbadora y no entré, era atendida por gente desnuda y discapacitada, así que hasta ahí llegó el sueño porque desperté de un sobresalto.

Desperté, sin embargo con una sensación tranquila, sin abrumarme, sin llorar ni sonreír, simplemente comprendí que estás más lejos que nunca y lo acepté.

Fotografía: Susana Villalpando