Febrero

Un hilo de sangre que escapaba por su nariz, la despertó.

Lo primero que hizo fue buscar su teléfono entre las sábanas para ver la hora, sin embargo lo encontró totalmente descargado. Miró hacia el techo pensando en lo raro que le parecía haber amanecido con una leve fuga de sangre en la nariz. Solo dos veces en su vida había experimentado algo parecido, y en ambas ocasiones fotografió el papel ensangrentado con el que se limpió el rostro.

Al incorporarse vio caer tres gotitas rojas en la colcha. Ni en sus días de menstruación manchaba la cama. Frunció el ceño y de inmediato sintió dolor, como aquél que se siente cuando se tiene una costra en la rodilla o en el codo y que parece no cerrar nunca por estar en lugares que se doblan constantemente.

Entre sus cejas había una herida que no había terminado de cicatrizar y que se abrió por su expresión de enojo.

Recorrió el resto de su cara con las manos y notó una hinchada nariz. Trató de acomodar las piezas del rompecabezas de su memoria, que al parecer el alcohol había desordenado o extraviado por ahí. Se recostó de nuevo y al cerrar los ojos y cobijarse para escapar de la molesta luz que entraba por la ventana, vio un vaso cayendo en el suelo de un enorme cuarto que se iluminaba únicamente con el resplandor de la vida nocturna de la calle. En ese cuarto se escuchaban gritos de una discusión, mezclados con música de fiesta proveniente de lo que podría ser el piso de abajo. Abrió los ojos nuevamente, pero seguía oculta bajo las sábanas.

Un último intento.

Se enfrascó en su memoria y entonces vio un destello aproximarse hacia a ella. Sintió el calor de la sangre, el mismo que la había despertado.

Fotografía: Eylül Aslan