Fantasmas de la ciudad

Los domingos o festivos en el transporte público, suelen ser tristes. De lunes a sábado, se le ve a la gente ir a sus trabajos, a sus lugares de estudio, perfumados y estresados. Los sábados se les ve alegres, yendo a algún lugar al que en verdad quieren ir: visitar a su familia, encontrarse con su pareja, con sus amigos, ir a algún evento, ir de compras, etc.

Los domingos y festivos en la tarde, tipo 5 o 6 de la tarde, empiezan a ser grises así esté haciendo sol.

Me encontraba recorriendo una ruta en un bus, desde el sur hasta el centro de Bogotá. Lunes festivo, por el Sagrado Corazón, no me pregunten qué es ni por qué, no lo sé. Sólo agregaron un día más al calendario para que ateos, católicos y cristianos descansáramos más. Estaba entonces, de pie en aquél bus, divisé tres familias jóvenes, tal vez más jóvenes que yo, es decir menores de 26 años, parejas con ojeras y sus niños gritando, porque eran de a dos hijos o más por cada pareja. Ellos vestidos con sudaderas, las mujeres despeinadas, y los hombres cargando el equipaje.

Estación tras estación, las parejas y los demás, iban desapareciendo para llegar a sus destinos. Cualquier Bogotano o residente en la ciudad, sabe que pasar por la antigua calle de El Cartucho, San Victorino o Las Nieves, causa escalofríos, aunque era de día, allí no se sabe qué pueda pasar, o qué se pueda ver que nos pueda causar desequilibrio y nos haga formar un nudo en la garganta mientras llegamos a casa.

Entonces todo era más gris de lo que estaba, y miré sin morbosidad las calles por las que el bus iba pasando y vi fantasmas. No, no como los que ve el niño de Sexto Sentido, eran fantasmas que deambulaban sin futuro, sin metas, sin nada, sólo con droga en su cabeza, con hambre, alucinando todo el tiempo, siendo fantasmas de ellos mismos, porque ellos mismos ya habían desaparecido, estaban muertos en el limbo.

Cada residente de esta ciudad, también sabe que por cada parada que hace el bus, se suben aproximadamente dos vendedores ambulantes, uno de ellos, un señor de 76 años (lo supe porque otro de los vendedores que se subió, lo conocía y contó su historia), con su guitarra, tocó Another Brick in the Wall de Pink Floyd y Paint it Black de The Rolling Stones, acordes lentos y una voz que ya no daba para más, haciéndole honor al rock.

Cuando el otro vendedor se dio cuenta de que su amigo estaba allí, lo presentó ante el público: Les presento a Gonzalo. afirmando lo talentoso que era, contó que había tenido una banda en Manizales y que había sido profesor de matemáticas. Que le alegraba verlo tocando en un bus y no en el caño por el que acababa de pasar el bus, en el que se esconden unos 40 jóvenes cada noche para consumir droga, refugiarse o morir allí, contó el vendedor.

Con su relato vehemente, dijo que los dos eran sobrevivientes, al tiempo que salió esa palabra de su boca, el bus pasó por un sitio de nombre “El Sobreviviente”, sobre la avenida, y me dije a mi misma: esta coincidencia es exquisita, y en realidad todos somos sobrevivientes, cada uno con nuestras cruces a cuestas, porque nunca nada nos es suficiente, porque siempre queremos más y siempre sentimos que nada está completo en nuestras vidas.

Algunos los escucharon con atención, otros sólo comían el maní recién comprado y otros ya debíamos bajarnos. Además de eso, otro relato que escuché, es que ese sector, tan oscuro y acartonado, se llamaba antes Santa Inés, y era un barrio de clase alta en la ciudad, emblemático en esa entonces, perdido en el ahora.

Me bajé con ganas de invitar al par de hombres a un café, pero no tenía ni para el mío. Sé que lo más importante para ellos era ser escuchados, porque salían de las cloacas para mostrarse a la mezquina sociedad y para ganarse unos pesos y tal vez comer, beber o drogarse, no lo sé. Fueron escuchados, por mi, que tampoco soy nadie y sufro dentro de mis penurias diarias, estúpidas tal vez, con solución sí, con futuro sí, con familia sí.

Espero que esos dos, hayan dormido bien anoche, al menos con un pan en sus estómagos.

Fotografía: Bernardo Aldana