¿Cómo explicarle a alguien qué es estar enamorado?

Eunice Waymon. No, no es el nombre de mi gata, ni de una actriz de Hollywood, o una estrella pop.

Esta mujer negra, afirmó que la libertad era un sentimiento, era no tener miedo.

Eunice fue una mujer difícil, difícil en verdad. Adquirió un carácter, para mi, encantador, que le ayudó a ser ella misma pese a las circunstancias de la vida, pese a las personas que siempre la rodearon, pese al amor y al desamor.

En la actualidad, la violencia hacia las mujeres se ha convertido en un tema abierto y diario, en el que las voces se logran unir a través de la tecnología y han salido a flote muchos escándalos de violencia sexual gracias a que el miedo, del que hablaba Eunice, terminó en cierto porcentaje en la comunidad femenina. Sin embargo, persiste la impotencia si aquella coerción fue ejercida por un hombre con poder. Nadie te va a creer, el país arremeterá contra ti y mañana será un tema olvidado, enterrado, no hay memoria.

Esta memoria colectiva, que parece algo amnésica, no recuerda que hubo una época de discriminación racial, y ademas una época en la que las mujeres no podían hacer nada de política, sino dedicarse a su hogar, tanto, que crearon manuales para ser el ama de casa perfecta y la esposa perfecta para atar a su hombre por siempre, ofreciéndole café y galletas cuando llegara cansado de la fábrica.

Esta discriminación, afectó a Eunice. En sus principios, recibió clases de piano y música clásica de mujeres blancas, y fue rechazada de la mejor escuela de música por ser negra. Aún así, continuó, salió de la iglesia y empezó a trabajar en los bares de la ciudad cantando y tocando piano. En ella estaba el jazz y el soul con toques clásicos, de vanguardia. Hasta que, como siempre pasa, llegó el manager ofreciéndole grabar un disco por su voz inigualable.

A Eunice la golpeó la fama, pareciera que jamás hubiese deseado ser famosa, pero lo fue, y vestía mejor, era una dama con turbantes, bellos vestidos y aunque con una anatomía fuera de los estándares femeninos, la femineidad brotaba por sus poros, por sus poses, por sus adornos, por su manera de fumar.

La forma en que una mujer empieza y termina su cigarrillo, habla mucho de su femineidad, corporeidad, estilo, estética, perspectivas. Ella. No es tanto la ceniza que queda al final del cigarrillo, no hay nada que leer allí, y si el humo se mezcla con su nostalgia y su perfume, allí está, puede morir esa misma noche, pero dejó un rastro de autenticidad en el mundo, y dio gusto a quienes la observaron tímidamente desde la estación del transporte público, o mientras esperaban a que el semáforo cambiara, o desde la terraza, o desde su ventana, mientras escuchaban alguna canción deliciosa.

Mientras Eunice subía al podio musical y conocía a las estrellas del soul en la época, conoció al hombre de su vida y de su muerte. Pero también conoció otro de sus amores, su pasión, lo que hacía que ella se convirtiera en una llama a punto de incendiar un país, una llama que quería quemar a todos los opresores, racistas y machistas, pero no fue la misma llama que quemó a cientos de niñas negras, ni la misma llama que impulsaba miles de asesinatos brutales contra la comunidad negra. Fue la llama que le hizo conocer a Martin Luther King, y que le hizo presenciar el día de su muerte y llorarlo en canciones mientras pedía silencio, mientras pedía que su música fuera apreciada o si no, era mejor que este espectador inquieto e ignorante, saliera del auditorio.

Pero antes de todo eso, los conciertos que ofrecía Eunice, se estaban volviendo movimientos socio-políticos. Esta mujer, ya no tocaba los corazones de las conejitas de la mansión play boy cuando la invitaban a tocar allá, ni de los esnobs. Estos quedaron atrás porque eran blancos, falsos y con dinero por doquier. Eunice se preguntó, ¿De dónde soy? ¿Qué soy? ¡Una mujer negra! y ¡están matando a mis hermanos!, no lo soportó más e iba a cantarle al pueblo y a maldecir al gobierno.

Las mujeres activistas, participantes en la política, no tienen cómo mantener un matrimonio, ni a sus hijos, las mujeres que participan en la política deben ser solteras, porque son tan pasionales, que dejan todo atrás, se enamoran, se entregan. Entonces, ¿por qué un hombre puede participar en tantas cosas al tiempo? trabajo, política, amigos, mujeres, juegos, etc. Acaso, ¿no son igual de apasionados? ¿tienen algún poder extra que les permita multiplicarse? Aún así, y como dijo Virginia Woolf, los hombres nunca nos parecen lo suficientemente interesantes como nosotras a ellos; pero, ¿en qué consiste la realización de múltiples tareas, sin casi, arruinar nada?. Al parecer la respuesta es que no se entregan pasionalmente a nada, no hay corazón, sólo cerebro, no hay causas, hay intereses.

En una oportunidad, asistí a un Congreso Latinoamericano de Psicología Política, en el que uno de los expositores principales acotó con algo de ironía pese al momento de “liberación femenina” que se está viviendo, que una mujer casada, no puede hacer política. Y esto, curiosamente, unos meses después, lo vi reflejado en la historia de Eunice, ella, con tanto éxito y millones de discos vendidos a las altas alcurnias que no estaban siendo afectadas por el racismo o la pobreza, se dio cuenta que su sangre hervía y que esta rabia podía sacarla a flote sin compasión mediante un micrófono. Se safó de la fama, renunció a ella, y se entregó a un público que clamaba justicia de alguna forma, que quería ser escuchado o comprendido desde el fondo de las cloacas estadounidenses.

Las letras de Eunice replicaban furia contra un Gobierno ausente, sus letras eran políticas y para nada convencionales. Así que el público adinerado, la dejó a un lado y la olvidó y ella tuvo que irse para África. A sus raíces. Su apariencia abandonada, la hacía rechinar luego en Europa, en bares tristes y solos, llenos de ebrios que no sabían el tipo de magnate que tenían a su disposición. Había huido también porque su esposo le pegaba y la hería psicológicamente. Eunice no aguantaba más. Estaba en un encierro inminente, y luchaba contra su misma depresión. No cuidaba de su hija y era bastante severa con ella.

Sin embargo, dejó un legado bastante apreciable, sampleado en canciones de Kanye West, Kendrick Lamar o Jay Z. Y es lamentable que es así como algunos la han conocido hasta ahora, cuando ella suena de fondo en una canción de hip hop que trata de rescatar el soul, y sus raíces bien aventuradas.

Gracias Nina Simone por hacernos sentir bien, tomar fuerzas de donde no las hay, hacernos pensar que siempre hay un nuevo amanecer, hacernos rescatar el romanticismo en estos tiempos de tecnologías destructivas y caprichosas, que el ser humano nunca supo manejar. Gracias por fortalecernos un espíritu de lucha a los que sabemos, por nuestros rasgos físicos, que no somos del lugar donde nacimos, sino de muchas partes a la vez y de lejanías que han cantado a los cielos mientras cultivaron algodón.

Fotografía: Catherine Lemblé