Coches rojos

A veces salgo por la noche. De día no hay luz. Las semanas son grises en París y vivo en la sombra. Me han confundido dos veces con una puta de mi calle, un día que llovía. Juego a contar los coches rojos y pienso en que podrías estar en uno.

Subo hacia Montmartre, el otro día quedé con un tío allí. Me lo hubiera follado en su casa, estaba detrás, pero cuando empezó a hablar perdió puntos.
Desde el Sacré Coeur me quedo mirando las luces a mis pies y pienso en la lámpara que nunca se encendió.

Me fui a ver a una amiga, presencié una historia ridícula, había unos tíos y un dealer. Todo terminó con las fotos de una polla y una invitación, alguien debía marcharse. Ojalá no hubiera ido.

He buscado trabajo. Me maquillo y llevo un bolso que no es mío. Me voy a la tienda y compro con dinero fácil, llevo mucho en cash. A veces pienso en robarlo, correr e irme a una isla desierta.

Y a veces, también, en cruzarme contigo con ese estilo pretendido. Siempre te he dicho que tenemos aristas y muchas caras. Entre otras, esa soy yo.

Ya no te acuerdas.

Los recuerdos se disuelven como el azúcar que alguien echa en el café. Yo no tomo azúcar, café ahora tampoco, pero me bebo un vino y me fumo un cigarro, pensando que soy lo peor, entonces le doy vueltas a la idea de que finalmente no quiero encontrarme contigo y menos si no estás sólo.

Sé cómo evitarte. Verte fue una bofetada, lo estaba buscando, soy una chica dura. No temo a los golpes aunque no me gusta la violencia, siempre es gratuita.

Sigo contando coches, cuando vea tres seguidos, iguales, va a pasar algo, ese algo, es algo propiamente en sí. Lo hago desde siempre, entonces espero a que pase.

Ahora soy yo la que conduce.