Calma boreal

Me recosté para observarte, en tu combinación perfecta de púrpura y turquesa, ahí estabas tú, con todos los luceros sobre tu regazo.
El frío congelaba mis mejillas, pero mi corazón latía tan cálida y dulcemente, que olvidé el rocío que enfriaba mis extremidades.
Estaba en el confín del mundo, en el extremo norte de la tierra, con tu danza infinita de luces, con tus colores llenando mi pupila y no pedía nada más.
Me susurraste: «quédate a mi lado«, así que seguí tus movimientos y abracé tu firmamento, me convertí en ese manto cálido que acompaña al viajero.

Fotografía por Patricia Ruiz del Portal