Cadáver Querido

Para Nicole Patrón

1

 

Mi novio murió hace dos semanas. Solía decir que odiaba usar traje con corbata y odiaba más a todos en su oficina por hacerlo. Decía que la corbata en el cuello era como un suicidio constante, un recordatorio de nuestra fragilidad. Bromeaba con que un día llegaría a su oficina y todos harían una coreografía musical para ahorcarse simultáneamente sobre sus escritorios. No era depresivo, sólo en exceso realista.

Hace dos semanas se ahorcó con su corbata en nuestro departamento. La amarró a la cornisa de la ventana en nuestra cocina, encima de la mesa donde comíamos, junto al cactus que me regaló el día de mi graduación.

El invierno en Berlín rompe a los más fuertes. Me asomé por la ventana y sólo vi la nieve caer, el asfalto tapizado con la alfombra blanca, sin pájaros, sin plantas vivas, sin gente que me escuchara gritar de dolor.

 

2

 

Y no grité. Corté la corbata. Lo bañé y lo vestí. Preparé el desayuno y comimos juntos. Al principio me molestaba su mirada muerta, que lo veía todo y nada. Entonces le puse esos lentes negros que traía cuando nos conocimos en las playas de Oaxaca, y todo volvió a ser normal.

Usé la silla de ruedas con la que movíamos a su mamá antes de meterla en el asilo y fuimos al mercado. Le puse su sombrero favorito y se veía feliz. La gente al principio no se percataba, me preguntaban por él y su condición. Inventé todo un accidente; perdió la voz, perdió las piernas, perdió todo, pero ahí está, y está vivo, lo juro. Nadie lo puso en duda. El frío tuerce la realidad.

Al principio yo no lo creía, claro, pero me sentía sola. Por la noche lo recostaba junto a mí. No me importaba su olor, lo abrazaba, como siempre lo abracé.

Después de la primera semana, la gente notó el olor. Pero yo insistía que era el frío y su condición, no podía ir al baño solo. Aparte, cuando el sol se esconde en Berlín, nadie se mete con nadie, cada quien se ocupa en sobrevivir. La gente sin pareja, en gravísima desesperación, sale a los bares buscando el calor de la carne.

 

3

 

Y yo ya no tenía ese calor, su cuerpo estaba helado, sin latidos. Una noche comencé a hablar con él. Incluso lo besé. Intenté abrazarme con sus brazos. Y nada. Su miembro inerte no era más que un recordatorio de mi tristeza.

Hoy abro la ventana y con la nieve en la cara, tomo a mi cadáver querido en los brazos. Lo arrojo con fuerza al suelo, deseando que a su recuerdo, lo cubra la soledad del invierno.

 

Acapulco, 2018