Boceto: “Lo que digo cuando digo que escribir es fácil”

Uno de mis más grandes problemas cuando converso con cualquier persona siempre ha sido que no estoy seguro de si lo que digo queda claro. Es un problema gravísimo que tener, en mi opinión, pues si el punto de comunicarse es precisamente el “poner algo en común” me queda claro que el arte de la conversación es uno que jamás podré llegar a comprender.

 

El más reciente ejemplo de lo anterior lo viví hará apenas una o dos semanas (quizá más, dependiendo de cuándo se publique esto)

 

Salí con una muchacha sumamente interesante, una pequeña artista conceptual y de performance que sería capaz de intimidar hasta a quien no tuviera idea de lo que es el arte conceptual y el performance con lo fascinante de su personalidad.

 

Ahora bien, siendo la clase de terrible conversador que soy, de alguna manera logré llevar una conversación de lo más amena hacia los peores rincones de la pretensión cuando, por razones que me evaden, salió a colación el tema de la escritura, específicamente lo particular que resulta dentro de todas las artes.

 

“Es muy fácil relacionarse con una pintura” argumentaba la pequeña artista de performance “Lo mismo con una película, o una obra de teatro, o incluso un performance. Lo que yo hago es básicamente generar una relación con las personas que me ven. Pero no creo que haya algo más difícil que relacionarse con algo escrito en una hoja de papel. Digo, en parte es algo muy muy frío ¿Sabes? Una hoja de papel le pide mucho a quien la lee. Tienen que imaginar todo el escenario, las voz de quien habla, el cómo habla esa persona y al final todo tiene que hacer sentido para que la persona se sienta satsifecha. Es una cosa de lo más complicada y, sin embargo, los escritores lo hacen ver tan sencillo.”

 

Yo le respondí que la verdad ello no me parecía tan difícil, no por algún estúpido sentido de ego (aunque Dios sabe que he sido culpable de abrir la boca sólo por eso en el pasado), ella sabía que yo escribo, y es más que probable que sólo quisiera hacer un pequeño cumplido para pasar de una sosa charla sobre escritura a algo un tanto más interesante, pero le dije la verdad. Escribir nunca me ha parecido algo particularmente difícil.

 

Ella, bendita sea, llena de paciencia, me aclaró que por supuesto que era algo difícil, que era algo que inlcuso ella no se sentía siempre segura al hacer. Había escrito un par de docenas de textos alrededor de su vida artística, algunos incluso publicados en lugares donde yo mataría por siquiera ser considerado para ser publicado. Sin embargo, eso no evitaba que a veces se sintiera insegura sobre la clase de cosas que escribía; al grado de patentemente desechar la idea de dedicarse a la escritura con el mismo nivel de seriedad dado a sus performance.

 

Lo que a ella le pasa es, por cierto, es más común de lo que podría llegar a imaginarse. Me he topado con bastantes poetas y escritores prometedores que dejan de lado tal aspiración porque invariablemente sienten que su mejor trabajo es su peor trabajo, o porque sienten que han llegado a un límite de su capacidad para escribir cosas medianamente decentes y ahora cada vez que pasan la pluma por la hoja sólo sale pura mierda, o, peor, piensan que no sirven para escribir.

 

Todas esas situaciones, en cada ocasión en que las he visto, son totalmente mentira, pero, si de por sí me cuesta poner una idea en común con alguien, me resulta enteramente imposible convencerlos de que están equivocados con la valuación de sus capacidades. El caso de la pequeña artista de performance no era diferente. No importaba cuantas veces le dijera que lo que escribía era increíblemente hermoso e inteligente, ella se limitaba a decir “Claro que no” y desviar la mirada en tierna vergüenza.

 

“Tú sí eres bueno en eso. Yo no podría hacerlo así.” Respondió tímidamente a mi insistencia.

 

De nuevo, le dije que no estaba de acuerdo. Que claro que me gustaba pensar que era relativamente bueno escribiendo (pues quién soy yo para negarme a un halago), pero que ella sin lugar a dudas ella era mejor escritora.

 

La conversación siguió un hilo más o menos igual hasta que llegó al punto de toda esta historia: le dije que, simple y llanamente, escribir era fácil. No sólo para mí, sino para cualquiera, que hay poco o nada de especial en el acto de escribir (no lo dije así. Esto es sólo una pequeña dramatización de mi parte) y, más aún, que todo el mundo era capaz de escribir al nivel de cualquier Shakespeare si se lo proponía.

 

Como podrán imaginar, decirle a alguien que algo que se le dificulta es en realidad súmamente fácil no es la mejor manera de caerles en ninguna gracia y la cita terminó en ese momento. Pero lo importante de la historia no es demostrar la clase de cosa que no se debe decir en una cita (para todo cuanto sé del tema necesitaría un libro del tamaño del Quijote), sino exponer esta idea: escribir es fácil, y más aún, tratar de explicar a lo que digo cuando digo tal barbaridad.

 

Para empezar, escribir en verdad es fácil. Todas las personas escriben, desde su carnicero, pasando por estudiantes de sociología y cómicamente terminando en diseñadores gráficos, y muy a menudo escriben maravillosamente. No, todo el mundo es Shakespeare (no al principio), pero tampoco están tan tirados a la basura como llegan a pensar.

 

He leído pequeños fragmentos de cosas escritas por jardineros que me guardan mucho más significado que lo que guardan entre sus páginas antologías poéticas, he leído recuentos de viajes de familiares que dejan a En el Camino en ridículo, he leído cuentos escritos por niños pequeños que me hacen golpear mi cabeza contra la pared por no haber tenido la suficiente imaginación como para pensar en sus tramas tan fantásticas.

 

Habrá quien lea esto y piense “Bueno, esa es una posición muy fácil de tomar desde el otro lado de un texto terminado. Es decir, un escritor siempre tendrá ojo de escritor”. Lo cual es falso. En primera, porque sin importar la posición donde se halle uno, el decir que todos son buenos escribiendo no es una postura fácil de tomar, no en estos tiempos cuando todos parecen tener miedo de sonar remotamente pretenciosos (yo no, gracias a Dios. A mí me gusta sonar pretencioso, da de que hablar en las fiestas), y en segunda, porque habría que definir lo que es ser “escritor” (y de paso tirar algunos pilares de mármol alrededor de esa palabra).

 

La verdad es que sólo soy un pobre diablo, sentado frente a un computador tratando de presentar una idea a través de una historia (con gramática cuestionable, sobra decir), si eso es un escritor, pues bueno, quizás lo soy, sin embargo ello no suena tan particular ¿o sí? Seguro quien sea que lea esto se ha visto en una situación similar en algún momento de su vida ¿Qué significa eso entonces? ¿Qué todos somos escritores? No, eso no puede ser posible ¿Verdad? Digo, un escritor es un ser casi mítico (a lo Kerouac o Hemingway) Un ser sobrenatural que se levanta por las mañanas a librar una interminable batalla contra la palabra escrita con el fin de rescatar una obra maestra hecha del material del que se hacen los sueños. No es posible que un escritor sea simplemente un tipo quien decidió sentarse frente a una página en blanco y decidiéra rellenarla con alguna historia, recado o anécdota en haras de decir algo ¿O sí?

 

Supongo que ello es un misterio bastante personal: habrá quien piense que el escritor es el ser por encima de todas las cosas, con un ojo observador que captura hasta los más ínfimos detalles de la vida y los destila en ambrosía para la mente, y habrá quien crea que sólo es una persona, con todas sus inseguridades, errores de juicio, gramaticales y de habilidad narrativa.

 

Por mi parte, prefiero la segunda descripción (como quizás resulte evidente), si acaso porque me resultaría muy difícil relacionarme con el Semi-Dios de leyenda por el cual el escritor suele ser confundido y si no logro relacionarme a él, pues no quiero ni pensar en relacionarme con lo que escribe.

 

Siendo, entonces, el escritor este ser imperfecto ¿cómo podemos relacionar las grandes obras maestras literarias con él? Fácil, dándonos cuenta de que este ser imperfecto no se sentó cinco minutos y salió con su obra maestra, eso sencillamente no es posible en campo artístico alguno (a menos de que se trate del arte de cagar).

 

No hay musa divina que caiga del cielo y nos dé una idea brillante completa, al menos no todo el tiempo (de ahí que cualquiera pueda salir con algo hermoso de tiempo en tiempo) Cuando leemos cualquier cosa que nos parece remotamente hermoso, interesante, gracioso o cualquier otra cosa, es porque quien lo escribió trabajó arduamente para que nos pareciera así; para esconder cuidadosamente sus fallas y evitar que pensemos “Vaya pedazo de basura”. Algunos son mejores que otros, en el tema, pero en general ese es el conejo dentro del sombrero de cualquier autor publicado, eso es lo que lo separa a él de ti. Ningún escritor es más inteligente que tú, ni Shakespeare, ni J.K. Rowling, ni Murakami, ni ninguno de esos cuyos nombres son imposibles de pronunciar, todo lo que tienen por encima de ti son horas de trabajo empeñadas a lo que escriben.

 

Entonces ¿qué digo cuando digo que escribir es fácil? Que lo es, que no es especial, que todos podemos hacerlo, que no hay que vanagloriar a nadie por hacerlo ni volverse un imbécil porque “nos ha salido algo bonito del alma”. Al mismo tiempo, lo que digo es que es un punto de partida, que los grandes escritores se parecen mucho albañiles en el sentido de que no llaman a una casa terminada cuando han puesto un miserable ladrillo ni mucho menos dejan de trabajar porque el armatoste de varilla y cemento que tienen en frente no se parece a una casa de inmediato.

 

Eso es lo que digo cuando digo que escribir es fácil… O quizás sólo he escrito una disculpa muy larga e incomprensible para una pequeña artista de performance. Quién sabe, ustedes son los que tienen ojos de escritor, ustedes díganme.