Boceto: «Es bonito, pero ¿es arte?»

Para variar un poco las cosas, esta vez quisiera empezar con un poco de verso:

Cuando el rubor de un sol recién nacido cayó primero sobre el verde y el oro de Edén,

Nuestro padre Adán se sentó bajo el árbol y se rascó con un palo en el molde;

Y el primer esbozo grosero que el mundo había visto era la alegría de su gran corazón,

Hasta que el diablo susurró detrás de las hojas: ‘Es bonito, pero ¿es arte?’”

Es un fragmento en verdad bonito ¿verdad? No es mío (no creo que yo sea capaz de escribir algo así,), es del afamado poeta inglés Rudyard Kipling.

Hay una historia curiosa sobre el poema de donde viene esto (The Conundrum Workshop): según parece, el poema fue escrito por Kipling como respuesta a las críticas al arte hechas por Oscar Wilde en su novela The portrait of Dorian Grey. Kipling ya de por sí detestaba a Wilde (sentía que éste se había robado muchas de las ideas que él ya había presentado en su novela The Night that Failed para usarlas en Dorian Gray) así que las tenues críticas artísticas de Wilde sólo fueron una oportunidad para tratar de desacreditarlo mediante el verso (era el “rap beef” de su época, si se quiere). En esencia, lo que el poema trata de decirle a Oscar Wilde es que siempre ha existido un diablo preguntándole a la gente si lo que hacen podría considerarse arte, que lo que él hacía no tenía nada de nuevo.

Parecería, entonces, que Kipling era una persona de mente muy abierta a la cual no le gustaba la idea de que alguien se la pasara cuestionando el valor artístico de una obra, pero Kipling mismo era un terrible elitista. Sin embargo, él no cuestionaba si algo era arte, él estaba cien por ciento seguro de poder reconocer el valor artístico de algo.

El desprecio de Kipling se centraba en los seguidores del esteticismo, un movimiento artístico que se interesaba más por el valor estético de las obras artísticas que por los temas sociales y políticos tocados en ellas (“arte por el arte mismo”) por lo regular compuesto de jóvenes de cabello largo, peculiares afecciones al hablar y excéntricas vestimentas (coincidentemente, Oscar Wilde era el mayor exponente de ese movimiento)

Quizás el odio de Kipling se haya basado en simple homofobia, pero ciertamente resulta divertido pensar en el viejo poeta inglés gritándole desde su ventana a un montón de niños greñudos obsesionados con las metas y méritos del arte que dejaran de preguntarse esas cosas y se pusieran a hacer algo de provecho en lugar de inventarse puras cosas bonitas.

Todo el trasfondo del poema de Kipling me fascina porque revela una peculiar cuestión: ¿Quién decide lo que es arte?

Para empezar ¿qué es el arte? Bueno, el arte es cualquier expresión de la creatividad e imaginación del ser humano cuya intención sea el ser admirada por su contenido estético, conceptual o técnico (una definición muy escueta, lo sé, pero es la que usaré. Nadie se lo diga a mis maestros de Historia del Arte en la universidad, por favor). Una cosa muy fácil de responder ¿no es así? Claro que lo es, sin embargo, lo maravillosamente problemático de esa fácil respuesta son todas las cosas que se escapan por las grietas de la misma. Por ejemplo: ¿la música rap es arte? No hace falta ser de mente particularmente abierta para concordar en que lo es (o por lo menos entender el porqué alguien la consideraría así). El rap se basa en construcciones líricas que siguen las mismas reglas de la poesía clásica; la métrica, el estilo de cadencia, la rima y la metáfora son elementos esenciales para construir un buen verso de rap. Siendo así, no creo que sea difícil considerar canciones de 2Pac o Kendrick Lamar como arte.

De nuevo, eso pareció muy fácil de responder ¿no es así? Aquí es donde se pone difícil: pensemos en una canción de rap mala, para suso prácticos usemos la canción del rapero Lil’ Pump Gucci Gang, cuyo principal rasgo es la repetición de la frase “Gucci Gang” un total de cincuenta y tres veces ¿Es la canción de Lil Pump arte? Probablemente ustedes y yo estemos en desacuerdo en este punto, pero yo sí la considero arte porque encaja en la descripción de arte ya presentada; se trata de una expresión de la creatividad e imaginación de su autor (que haya poco de ambas no es importante), fue creada para ser admirada por su belleza, su concepto y su técnica (incluso cuando hay tan poca de cada una de esas cualidades). Más aún, la canción entra dentro de los estándares de poesía clásica que sigue el rap, incluso el truco de repetir para dar énfasis es uno muy utilizado en la poesía (por ejemplo, en el poema Silencio Eugen Gomringer el cual consiste de una constante repetición de la palabra “Silencio”).

Con la evidencia anterior espero haberlos convencido del horror de que, en efecto, la canción Gucci Gang es arte. Ahora bien, seguramente su respuesta/alivio para tan horrible cuestión es simplemente decir algo como “Bueno, es que hay de arte a arte” y ciertamente tienen razón, hay buen arte y hay mal arte, yo no discuto eso, lo que me llama la atención es nuestra dificultad para considerar algo “arte” en primer lugar y creo que la respuesta a ese problema yace en una peculiar interpretación sobre lo que implica que algo sea “buen arte” y por tanto pueda llevar esta última parte de la etiqueta como un sinónimo de su calidad y estatus.

Aquí sería pertinente una pregunta: ¿A dónde van cuando quieren escuchar música en vivo? Su respuesta seguramente variará dependiendo del tipo de música que les guste. Si les gusta KISS, probablemente vayan a un estadio, mientras que si les gusta Stravinsky prefieran un recinto un tanto más formal como una sala de conciertos. ¿Por qué estos dos estilos musicales tienen tan distintos lugares para ser disfrutados? Hay varias razones logísticas, claro está, (KISS es un monstruo corporativo que vive de hacer espectáculos para la mayor cantidad de personas posibles, mientras que la música de Stravinsky es mucho más de nicho), aun así, concentrándonos únicamente en la música, no hay mucha razón para que esto sea así. Quizás se pueda llegar a pensar que tiene algo que ver con la acústica (pues las salas de conciertos son construidas pensando en la interpretación de música clásica), sin embargo, un buen ingeniero de audio puede tomar cualquier dificultad acústica y tirarla a la basura. No, la realidad es mucho más simple: porque las personas que disfrutan de música en salas de conciertos y las que la disfrutan en estadio son diferentes; no diferentes en un sentido de quién tiene más o menos capital cultural, sino que son diferentes para quienes ofrecen estadios y salas de conciertos como recintos musicales.

Es en este punto donde entramos en las turbias aguas de las dos fuerzas opositoras que amenazan con matarse entre sí si son dejadas en el mismo lugar por mucho tiempo, la “alta cultura” y la “cultura de masas”. Una está (si creen en lo que propone) llena de todas las virtudes creativas del hombre y la otra (si creen lo que la “alta cultura” tiene por decir de ella) es un cáncer que pudre el cerebro y es la razón de que toda la humanidad se esté yendo a la mierda. En ambos casos se trata de una terrible exageración, lo cual sorprendentemente no evita que haya personas que de verdad crean esas cosas.

La razón de que nos podamos creer esa idea sobre la alta cultura es que ella trabaja bajo una mentalidad de “los que tienen y los que no”, como un country club; están todos aquellos, pobres diablos, que leen a Paulo Cohello y luego están los miembros de la “alta cultura enredados” en conversaciones profundas sobre las cuestiones filosóficas dentro de Moby Dick. Si su meta es ser un poco más cultos ¿en cuál de las dos categorías querrían entrar?

En principio, si la única meta de la “alta cultura” fuera presentar una alternativa más cerebral del arte, entonces no habría ningún problema; todos podríamos seguir con nuestra vida y de vez en cuando dar un vistazo a la alta cultura para enriquecer nuestra vida, pero ese no es el caso.

Para que una cosa valga más que otra es necesario depreciar el valor de ésta última a los ojos de quien puede elegir entre una o la otra (lo bueno sólo es bueno si existe algo malo) Así pues, el rol de la “alta cultura” es más bien el de sobajar a la cultura de masas. Ejemplos sobran, está Kipling, como ya mencionamos, pero también está Frank Sinatra diciendo de la música rock “la hacen deficientes que cantan letras maliciosas, lascivas. Es la forma de expresión más brutal, nauseabunda, desesperada y viciosa que he tenido la desgracia de escuchar”. (cosa que no evitó que cantara un cover de la canción Something de The Beatles) o Mario Vargas Llosa criticando fuertemente a la que llamaba “la cultura del espectáculo” citando a Woody Allen, Paul Auster y la revista ¡Hola! como ejemplos de “escapes de la reflexión y todo lo que no sea divertido” (cosa que no evita que aparezca en la misma revista ¡Hola! de tiempo en tiempo).

Es una cuestión en la cual quien está arriba parece tener el derecho de decirle a todos los de abajo que son una mierda, el quién está arriba y por qué son conceptos tan nebulosos que apenas vale la pena analizarlos. La mejor manera de resumirlos sería con una cita de la profesora de literatura de la universidad de Michigan, Jan Stryz, acerca de la creación del canon literario inglés: “Algunos estudiosos aseguran que el escribir ha sido tradicionalmente visto como definido por la cultura dominante como una actividad de hombres blancos”. Esto sería “académicos blancos” leyendo libros de hombres blancos. Lo mismo aplica para todas las artes (no es coincidencia que nuestro entendimiento del arte tenga mucho de europeo en él).

Esto nos pone en un terrible predicamento. No podemos definir libremente lo que es arte porque nuestra percepción está manchada por el constructo de la “alta cultura” la cual a su vez está construida con base en el canon europeo. Es todo un lío y nos roba de muchas formas de arte que no encajan dentro de ese molde: el rap de 2Pac, el performance art de Marina Abramovic, las pinturas completamente azules de Yves Klein, la música de cambios de John Cage. Peor, nos hace creer que hay una separación, una línea entre aquello que podemos disfrutar: que no los atrapen escuchando a The Beach Boys entre canciones de Mozart y mucho menos que haya canciones de banda o reguetón en el medio, que nadie se entere que les gusta Van Gogh y Jack Kirby, no permitan ser descubiertos leyendo a John Green y Shakespeare.

Por suerte para todos, hay una solución muy sencilla a este problema.

Más cerca del principio de este escrito planteé la pregunta “¿Quién decide lo que es arte?” Si bien antes estábamos a la merced de la “alta cultura”, ahora tenemos una herramienta que nos permite contrarrestar su efecto. Vivimos en la edad de la información, el internet nos ha dado acceso a todo cuanto podamos necesitar culturalmente hablando. Esta herramienta no está disponible para todos (y hay muchos problemas que solucionar en el mundo antes de pensar en algo tan tonto como un “derecho universal al internet”), pero, si la tenemos, es nuestro deber explotar todo su potencial.

¿Algo les llama la atención? Búsquenlo, compártanlo, conviértanlo en el nuevo canon a través del arma de la necedad. Creen playlists llenas de The Pixies, Mayhem, Vivaldi y Ximena Sariñana. Lean cualquier libro que quieran, mezclen a Dante Aligheri con Stephen King, James Joyce, García Márquez y Dr. Seuss. Hablen de películas de Pixar, de Goddard, de Cuarón, del Santo y de Spielberg en el mismo párrafo. Pongan pinturas de Basquiat, Frank Frazetta, Monet y huipiles en Facebook, todas en el mismo álbum. Vean los ballets de Merce Cunningham y bailen reguetón.

Sé cuál es el riesgo aquí. Si aceptamos todo como arte del mismo nivel (nótese que no digo que de la misma calidad), entonces invitamos a los charlatanes a vendernos sus pinturas imaginarias o sus obras conceptuales consistentes de cubetas de agua, pero les aseguro que el beneficio es mucho mayor a cualquier daño que ese tipo de estafadores pueden traer consigo. El beneficio es una verdadera libertad de pensamiento crítico.

“¿Quién decide qué es arte?” Nosotros lo decidimos, y, con disculpas a Rudyard Kipling, nosotros seremos el diablo que pregunte: “Es bonito, pero ¿es arte?”

Fotografía: the mirror closes the universe