Boceto: “Bonito, la vida es jazz”

Siempre he sentido un gran interés por la música. Puedo obsesionarme por horas con ciertas canciones y ciertos discos.

Como cualquier persona con tales tendencias me di a la tarea de aprender a tocar algún instrumento. Comencé con guitarra, al igual que muchos niños a los 14 años, y fui aprendiendo otros instrumentos a medida que crecí: bajo, batería, piano, trompeta. No soy particularmente habilidoso, si he de ser honesto, puedo tocar cosas muy básicas y si me pusieran frente a una persona que sabe lo que está haciendo me vería bastante ridículo, pero es algo que disfruto mucho hacer.

Pese a lo pobre de mis habilidades hubo un tiempo en el que pensé que podría probar mi suerte y volverme músico. Claro está, en retrospectiva ese era un sueño más bien alimentado por un terrible deseo de atraer al sexo opuesto (de nuevo, al igual que el que tienen muchos niños a los 14 años cuando comienzan a tocar guitarra), pero lo increíble de soñar con algo a corta edad es que todo el mundo asume que te dejarás de tonterías eventualmente por lo cual nadie te dice que no puedes hacer lo que te propones, al menos no directamente.

Como tenía este sueño de ser músico, pero no la habilidad para serlo, comencé a juntarme con personas que tenían esa habilidad con la pequeña esperanza de aprender una o dos cosas de ellos, quizás robarles todos sus trucos para poder lucirme con algunas otras personas y subirme en los hombros de gigantes para alcanzar mi sueño de ser músico. No tenía mucha disciplina para aprender, ni las ganas de practicar, pero imaginé que esas eran cosas que podían esperar a que me volviera famoso. En pocas palabras, yo era un pequeño imbécil con delirios de grandeza, un ejemplo perfecto de lo que el compositor Paul Williams una vez describió como “Much better at showing off than showing up” (tr. “Mucho mejor para lucirse que para presentarse”). A veces me resulta curioso lo poco que las cosas parecen haber cambiado desde entonces.

En fin, entre mis muchos delirios en ese entonces se encontraba la idea de aprender a tocar jazz. Ahora bien, cualquier persona que sepa lo que implica tocar jazz se daría cuenta de inmediato que no habría poder humano que me enseñara a hacer tal cosa. La belleza del jazz consiste en complicados arreglos musicales que siguen una infinidad de reglas de tempo, escalas y demás cosas que por aquellos días habrían hecho que me doliera la cabeza (incluso ahora que escribo esto he tenido que leer una decena de cosas sólo para darme la más leve idea de lo que hablo). Sin embargo, mi ímpetu estaba ahí y siendo un niño de 17 años, para mí eso era todo lo que necesitaba.

Eventualmente, entre mi círculo de amigos que de verdad sabían de música, apareció una persona que pensé podría ayudarme. Una muchacha de nombre, y juro que es verdad que ese es su nombre, “Nairobi Lara Uriarte”.

Nairobi venía de Cuba y era, sin temor a equivocarme, la más virtuosa pianista del mundo. Ella había aprendido piano de su papá quien a su vez había aprendido de su abuelo quien, ella solía contar, había acompañado a Ibrahim Ferrer y algunos otros íconos cubanos tocando el piano en el Buena Vista Social Club en los años 50’s.

Queda en cada uno creerse o no el fantástico linaje de Nairobi. Yo me lo he creído todo simplemente porque aún si es una gran mentira, es una gran historia y, más aún, porque ella tocaba de tal manera que era difícil no creerle.

Cuando la conocí, con apenas 15 años, Nairobi ya podría haber llenado salas de conciertos sólo con ella y un piano en el escenario. Podía andar entre los complejos tonos de Wagner con la misma facilidad que en una melancólica tonada de Damon Albarn, haciendo gimnasia musical, podía tomar una melodía de Brian Wilson, hacerla pasar por algo de Whitney Houston, doblarla y volverla un tango argentino, cambiar el tempo y el tono en un parpadeo y terminar en algo de Leonard Cohen con un poco de Omara Portuondo para rematar. Por tan bizarro como lo anterior podría sonar, ella lo hacía ver tan sencillo que uno no podía evitar darse topes contra la pared preguntándose cómo no lo había visto antes (la marca de cualquier gran artista). Para ella enseñar jazz a cualquiera hubiera sido pan comido, lamentablemente no creo que estuviera preparada para mí.

Di con Nairobi de la misma manera que había hecho con casi todos los amigos que tenía por aquél entonces, de la mano de alguna otra persona cuya paciencia conmigo se había agotado hacía mucho tiempo y armado con un ego que no podía compensarse con nada más allá de un poco de sentido del humor.

Como podrán imaginarse, cuando un inútil sin ganas de aprender como yo se encuentra con alguien verdaderamente bueno en lo que hace las cosas no salen particularmente bien. Toda sesión de aprendizaje que tuve con Nairobi fue un desastre lleno de berrinches de un niño que no podía lidiar con la idea de que no pudiera sencillamente acercarse al piano y volverse Bill Evans en ese preciso momento. Recordando ese tiempo, no puedo evitar sentir pena por la pobre niña.

– Bonito – decía (a todo el mundo le decía “Bonito y “Bonita”) – Así no. Tienes que mover tus muñecas, no tus dedos.

No, no, no, bonito, tienes que tocar la segunda, la quinta y la primera en ese orden, no la cuarta, la quinta y la tercera. La progresión es muy sencilla –

“Frustrante” no alcanza a cubrir el cómo se sentían esas sesiones de aprendizaje. Hay más de una decena de pequeñas historias dramáticas que podría contar sobre ellas (como la vez en que la frustrada niña cubana abofeteó tan fuerte a este pobre diablo egocéntrico dos años mayor que ella que lo tiró al piso), pero en aras de no hacer este boceto demasiado largo (pues creo que ya he malgastado su tiempo lo suficiente) voy a saltarme todo el drama y a hablarles del momento que guardo con más cariño de todo ese tiempo.

Fue en uno de los últimos días en que vi a Nairobi. Como de costumbre nos encontrábamos sentados frente al piano, ella perfecta, yo siendo mi habitual pedazo de basura. No puedo recordar exactamente qué dije o hice, pero sea como fuere, ello causó que Nairobi cerrará su piano de golpe, harta de mí.

– Es que no te entiendo, bonito – me dijo – El jazz es complicado, sí, pero tú lo haces ver como si fuera algo imposible de aprender –

Según recuerdo, me disculpé sin mucho entusiasmo y Nairobi continúo regañándome.

– Mira, bonito, si no quieres aprender, está bien, pero no me hagas perder mi tiempo…

Me disculpe de nuevo y luego dije algo al efecto de “A lo mejor sólo es porque no entiendo el jazz”, lo cual parecía una excusa tan buena como cualquier otra para justificar mi ineptitud.

– ¿“Entender”?   ¿Pues qué hay que entender? – Nairobi respondió – Bonito, el jazz es igual a la vida, no hay nada que entender.

– ¿Cómo puede ser el jazz como la vida? – pregunté, no esperando una respuesta.

– No “como la vida”.  Bonito, la vida ES jazz.

– No sé si te entiendo – dije.

– Mira, todo el mundo tiene su propia idea de lo que es el jazz.

Por un lado están los que creen que es sacarse mierda de la manga y aventarla al azar y que por algún milagro termina sonando bien, y perdón, pero ese vendrías siendo tú. Luego están esos que lo ven como un bulto de reglas amorfas, como si se tratara de hacer un pastel o algo, que si ponen todo en su justo orden saldrá algo, pero ahí tienes pura pinche música de elevador. Pero si de verdad hay algo que “entender” es que es igual a la vida.

Es nada más una colección de errores con un final feliz –

No respondí a eso, la verdad es que no lo había entendido.

– Mira, es muy fácil – Nairobi dijo, abrió de nuevo la tapa de su piano y comenzó a pasar sus delicados dedos bronceados por las blancas teclas. – Imagínate que esta melodía es un cuarto lleno de gente – Nairobi entonces comenzó a tocar los acordes de Giant Steps de John Coltrane, una progresión por demás difícil de tocar – Ok, ahora, todos están haciendo lo mismo, suben y bajan por la escala una y otra vez. De pronto hay un error, porque si tienes un montón de gente en un lugar haciendo la misma cosa una y otra vez siempre va a haber errores – Nairobi entonces tocó una nota de más entre el Bmaj7 y el D7 – ¿Qué hacen entonces? ¿Se detienen y dicen “Coño hay que empezar de nuevo porque un cabrón se salió de su lugar”? No, bonito, encuentran la forma de seguir – Nairobi entonces tomó esa nota de más e improvisó un poco sobre el resto de la progresión de acordes –  Es igual a la vida, bonito. Es saber que la vas a cagar, pero no detenerte por eso, es tomar tus errores y darles un final feliz.

– Pero – dije, mucho más interesado – ¿Cómo se supone que sepas qué hacer con tus errores? Es decir, es una linda metáfora y todo, pero no muy efectiva –

– Bueno, ahí está la cosa, bonito, no hay una respuesta a eso, no más allá de esto – Nairobi entonces volvió a tocar el Bmaj7 – Esto es todo lo que necesitas saber. Esto, es de dónde vienes, si sabes de dónde vienes – Nairobi tocó su improvisación una vez más – No hay error que cometas que no puedas arreglar, porque todo está en de dónde vienes, ya lo demás te lo puedes ir inventando si quieres, pero siempre tienes que saber dónde está el hogar si piensas llegar a alguna parte con lo que te inventaste –

No recuerdo bien si Nairobi y yo  hicimos o dijimos después de eso, conociéndome probablemente sólo la exasperé más, pero esa explicación sobre el jazz y la vida se ha quedado conmigo por mucho tiempo, porque, honestamente, con el paso del tiempo me he dado cuenta de que hay mucha verdad en las palabras de Nairobi, o por lo menos es una filosofía muy útil. Me gustaría haberla aplicado más a la música, pero, bueno, hay hábitos difíciles de dejar de lado.

Nunca cumplí mi sueño de ser músico, y apenas y he podido cumplir mi delirio de tocar jazz. Poco tiempo después de mis desastrosas clases de piano con Nairobi decidí que yo no estaba hecho para ser músico. Quizás con un tanto más de empeño y disciplina hubiera podido llegar a ser un intérprete más o menos decente, pero cuando dejé de lado la idea de tocar música me concentré más en escribir y lo triste de abandonar un sueño es que siempre hay otro dispuesto a tomar su lugar, y cuando eso pasa es muy difícil mirar atrás al sueño anterior.

Más triste aún es que jamás volví a ver a Nairobi después de salir de la preparatoria, pero para cuando me di cuenta de ello ya había perdido contacto con muchos otros de mis amigos de ese tiempo así que no me preocupó demasiado. Ahora pienso en esa pequeña niña cubana que intentó enseñarme a tocar jazz y terminó enseñándome un poco sobre vivir y no puedo evitar pensar en todo las cosas que podría haber aprendido de ella si no hubiera sido tan imbécil, pero así es la vida.

Seguramente Nairobi diría algo como “Ya la cagaste, bonito, ahora es cosa de darle a tus errores un final feliz. Al fin y al cabo, ya sabes de dónde vienes.”