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21:26 “¿Entonces qué? ¿Voy mañana?”, eso decía su mensaje. Decidí no responder de inmediato, aunque en la pantalla del celular ya tenía escrita la respuesta: “sí”. Después de diez minutos, la envié.

Tras haberle respondido, me apresuré a encender el calentador de agua; necesitaba una buena ducha, no tener ninguna mancha de mugre en mi piel, y mi cabello debía estar radiante y lo más lacio posible. El agua tibia caía sobre mí mientras yo tallaba vigorosamente cada parte de mi cuerpo. Me encargué de eliminar cada vello indeseable que me hiciera parecer menos apetecible, porque a final de cuentas yo era un platillo que sería degustado por el comensal de siempre.

Finalicé mi ducha, me puse una pijama limpia y después de haberse secado mi cabello, dormí.

No fue una noche tranquila, los nervios no me dejaban descansar. A pesar de que la misma historia se repetía una o dos veces por semana, seguía entusiasmada. Mi cuerpo ansiaba el suyo.

Él llegaría a las 8:00 y mis padres salían de la casa a las 7:50. Diez minutos para arreglarme lo mejor posible. Era una tarea difícil. Lavaba muy bien mi cara, untaba crema en mi cuerpo a más no poder para que el recorrido que harían sus manos, fuera más grato. Cepillaba mi cabello una y otra vez y con la otra mano cepillaba mis dientes. Una vez terminado esto, me metía de nuevo a la cama, esperando escuchar sus primeros pasos dentro del departamento, cuya puerta previamente había dejado entreabierta.

A veces ese sonido se escuchaba a las ocho en punto, otras veces tardaba diez o quince minutos, o simplemente era remplazado por el sonido de un nuevo mensaje recibido: “No podré ir, perdón”. Entonces mis deseos se derrumbaban y caía en una profunda tristeza y decepción. Pero eso duraba poco si esa misma noche él me preguntaba otra vez: “¿entonces qué? ¿voy mañana?”, y yo no cambiaba la respuesta: “sí”.

Fotografía: Laurencja Zurek